VALENCIÀ DE ELIG VALENCIANO DE ELCHE
Apuntes Historicos
 
- Origen de la lengua Valenciana.
- Referencias Antíguas al Valenciano.
- Historia de Elche a través de su Nombre (I).
- Historia de Elche a través de su Nombre (II).
- Crónicas Históricas de Elche.

TEODORO LLORENTE
"Valencia. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia"
 
Capítulo XXI: ELCHE

 

 ¡Elche! Al oir este nombre, parece que una ráfaga de poesía nos orea el espíritu, y avivando la imaginación, nos hace ver en lejanías espléndidas las alegres costas de Argel y de Trípoli, los pintorescos oasis del desierto, las playas arenosas de Alejandría, las floridas llanuras de Damasco, todo el Oriente, con la hermosura y la doble majestad de la naturaleza y la historia. Hasta aquellos que nunca estuvieron en esta población tan nombrada, participan de estas fantasías, por la idea que todos tenemos de ella: una ciudad en medio de un inmenso bosque de palmeras; ¿puede darse cuadro más interesante, encantador y sugestivo?

 Es la palmera un árbol de belleza excepcional; el buen Linneo, que era doctísimo, pero tenía poco de poeta, se dejó arrastrar, sin embargo, por el atractivo de su regio aspecto, y llamó á la familia de las palmas príncipes de los vegetales. La que aquel sabio denominó Phoenix dactilifera, casi la única que conocemos los europeos,1 merece dicho título más que ninguna otra. Cual si desdeñase a los demás árboles, eleva sobre todos ellos su fuste atrevidísimo, erguido y recto, como una columna, y abre allá arriba, en la región de los aires, su penacho de flexibles ramas, dosel siempre verde, que guarda los abundantes racimos de sus frutos, dorados por el sol. Admirable es la variedad de gallardas formas que el Hacedor Supremo dió al mundo vegetal, como á todas sus obras, concertando la belleza con las demás condiciones del fin para que fueron creadas; pero parece que, al formar la palmera, el fin estético se sobrepuso á todos en su divina mente. Por eso, allí donde se levanta una sola palmera, ella ennoblece el paisaje más vulgar; por eso, la palma, desde remotos tiempos, es símbolo de triunfo y de gloria: como el mejor emblema, lo ha puesto el artista en manos del guerrero, del mártir y de la virgen.

 ¿Quién trajo a España ese árbol tan precioso? Los moros, contesta la creencia vulgar, apoyada en una leyenda árabe, aceptada y repetida por el historiador Conde.2 Cuéntase que Abde-r-Rahmán, el primer califa de Córdoba, plantó en la Rusafa (jardín) de su palacio, una palmera, con cuya vista se deleitaba, y á la que consagró sentidos versos. «Aquella palmera, añade Conde, era entonces única, y de ella procedieron todas las que hay en España». Olvidaba ó lo desconocía este escritor que una palmera sola no puede fructificar para reproducirse.

 Otros historiadores repitieron la leyenda de la palmera de Abde-r-Rahmán, y quedó sentado, hasta por los tratadistas agronómicos,3 el origen árabe de este árbol en España. Error inexcusable era aquél, pues su existencia en tiempo de los romanos quedó consignada por autoridad de tanto peso como Plinio el Viejo. Dice este geógrafo que había palmeras en Italia; pero eran estériles. Añade que en la parte marítima de España daban fruto, aunque no bien sazonado; en África, su fruto era dulce, pero se corrompía pronto: en Oriente lo aprovechaban para hacer vino, y en algunos puntos pan; también para pasto de bestias.4 San Isidoro cita igualmente las palmeras, con gran elogio, diciendo que aunque las hay en muchos puntos, no en todos fructifican.5 Hasta aquí los datos históricos; no nos dan más luz. Introdujo sin duda la palmera en España algunos de los pueblos de origen oriental que en lo antiguo lo colonizaron: probablemente los fenicios; y es posible que fuese en Elche donde se procuró por primera vez su cultivo, pues aquí tuvo aquel pueblo navegante una estación comercial. Hoy se ha extendido mucho como árbol de adorno; plántase en todas partes donde el clima lo consiente. Barcelona ha logrado, á costa de grandes dispendios, embellecer con ellas su paseo de Colón; ya hemos visto en Alicante, y veríamos en Almería, si allá fuésemos, adornados sus puertos de igual modo; y en los naranjales de las riberas del Júcar, los airosos grupos de palmeras contribuyen de un modo principalísimo á la hermosura de aquellos vergeles. Pero una llanura extensa poblada por ese rey de los árboles, huerto y bosque á la vez, eso no se ve en Europa más que yendo á Elche, y justifica el viaje para el turista más exigente y descontentadizo.

 Hoy es cómodo y breve desde Alicante, gracias al ferrocarril que va á Murcia. La estación de partida está situada en la playa, que es por esta parte baja y arenosa. El tren sigue largo trecho la orilla del mar: en algunos puntos parece que las olas vayan á lamer sus ruedas. Cruza después terrenos secanos, en los que sólo crecen algunos sobrios algarrobos, hasta llegar á la estación de Santa Pola. Este pueblo no se ve: está lejos, bastante lejos, y ni siquiera hay camino para ir a él. No lo necesitamos nosotros: salvamos las distancias, como salvamos también las edades (para algo nos ha de servir la imaginación), y al ver el mar, terso y brillante, resguardado de los vientos del Norte por un cabo montañoso, y enfrente la isla Planesia de los romanos, como una garraba enorme anclada en seguro puerto, fantaseamos que llegan á las playas ibéricas las galeras fenicias y echan á tierra su tripulación en este punto favorable para los atrevidos colonizadores, que establecieron su centro en la cercana ciudad de Illici. Del antiquísimo puerto illicitano, perdiéronse los vestigios.6 En los siglos medios llamábase Port del Aljub (del Aljibe), y no tenía más defensa que una torre en aquella isla, denominada entonces de Santa Pola.7 Amenazados de continuo por los piratas africanos, no pudieron tener seguridad sus pobladores, hasta que á mediados del siglo XVI se construyó y armó en la costa con buena artillería el actual castillo.8 Elévase éste á la lengua del mar; pero las aguas se han retirado mucho, y hoy está en el centro de la villa, que ha crecido bastante.9

 Desde la estación de Santa Pola el ferrocarril se inclina más hacia Poniente, y sigue cruzando terrenos áridos y despoblados. Pero cuando el viajero empieza á cansarse de esta monotonía, surgen olivos á un lado y otro, formando en algunos puntos frondosa arboleda, más semejante á selva que á plantío. El árbol de Minerva, con su pálido follaje, nos hace pensar en algún bosque sagrado de la antigua Grecia. Extiéndese mucho el olivar; al cabo se aclara, alternando con huertas de lozano verdor, y en ellas aparecen ya las palmeras, aisladas primero, en grupos ó en las filas después; formando luego verdadero bosque. Por las ventanillas de los coches no se ve más que la desordenada é interminable columnata que forman sus erguidos mástiles. Parece que el tren se haya perdido en algún oasis del Sahara y que va á estrellarse contra los duros y ásperos troncos. Pero se abre camino entre ellos silbando y rugiendo, hasta que, saliendo á un claro de aquella fantástica espesura, se detiene ante la estación de Elche. No pudiera hallarse ésta mejor situada. Rodéala el palmeral casi por completo, dejando sólo abierto el sitio donde á muy corta distancia agrupa la populosa villa su caserío, sobre el qual se levanta la famosa iglesia de Santa María, con su torre cuadrada, su grandiosa cúpula peraltada, de resplandeciente azul, con filetes de oro, y la mole, cuadrada también, de la arábiga Calahorra.

 Elche es la Illici de los fenicios, los griegos y los romanos: dícelo a voces su propio nombre, que, á través de las modificaciones sufridas, conserva siempre su primitiva radical,10 y lo confirma el estudio de los textos antiguos. Contra los autores que disputaban esta identidad, dictó en el siglo pasado sentencia, á mi ver definitiva, el docto don Juan Antonio Mayans, en un libro repleto de erudición copiosa y algo machacona, propia de la escuela criticista, de que era jefe su ilustre hermano don Gregorio.11 En el siglo actual ha confirmado la sentencia otro investigador incansable, don Aureliano Ibarra, hijo de Elche y colector celosísimo de sus antigüedades.12 Aquella Illici, de origen ibérico indudablemente, la encontraron ya poblada los mercaderes de Tiro y de Sidón cuando arribaron á estas costas;13 en ellas establecieron el puerto que, del nombre de la antigua ciudad, llamóse illicitano y tal importancia llegaron á tener ciudad y puerto, que dieron también su nombre, Sinus illicitanus, al extenso golfo abierto entre el promontorio de Diana (cabo de San Martín) y al de Saturno (cabo de Palos). ¿Fué esa misma Illici la ciudad belicosa que, alzándose en armas contra los cartaginenses, motivó la derrota y la muerte de Hamílcar?14 También falla este pleito á su favor el señor Ibarra con buenas razones, aunque no tan convincentes como las del otro litigio. Diodoro Sículo es el único autor antiguo que da nombre á aquella ciudad: la llama Helice, y no constando que hubiese en España población así nombrada, puede deducirse que se refería á Illici. Contradecía esta versión la idea de haber ocurrido aquellos sucesos después de pasar Hamílcar el Ebro, y el haber supuesto algún escritor antiguo, aunque no coetáneo de los sucesos, que en este río se ahogó aquel famoso general. Hoy se duda que este traspusiese el Ebro, y como prevalece también la versión de que Acra-Leuca, donde se refugiaron los cartaginenses vencidos, es Alicante, aumentan las probabilidades de que fuese, en efecto, Illici la ciudad que tan valerosamente rechazó el ataque de Hamílcar, soltando contra el ejército sitiador las carretas con los bueyes enfurecidos por los haces de paja embreada que ardían en sus astas. Cara arrogancia, porque Hasdrubal vengó la muerte de su cuñado, saqueando la ciudad rebelde y pasando á cuchillo á sus habitantes.

 Illici fué una de las ciudades españolas más favorecidas por Roma. En el territorio de nuestro antiguo reino, ella sola y Valencia tuvieron el carácter y la categoría de colonias romanas. La illicitana llevó los honoríficos dictados de Julia y Augusta, y obtuvo un privilegio ventajosísimo, que sólo alcanzaron otras cinco colonias en la Península Ibérica: fué inmune, es decir, libre de todo tributo para Roma, y disfrutó el llamado Jus Italicum. Además, eran tributarios suyos los icositanos, pueblo cuya actual equivalencia no se ha podido fijar con precisión.15 Acuñó moneda en los tiempos de Augusto y de Tiberio, en que las colonias tuvieron ese precioso derecho;16 y tanto en los nombres de los decumviros inscritos en ellas, como en algunas inscripciones funerarias, quedó consignado el recuerdo de muy ilustres familias romanas, establecidas en Illici.17 Algunas de aquellas monedas llevan en el reverso un templo consagrado á Juno, y otras una ara dedicada á Tiberio: todas, las iniciales C. I. I. A., Colonia Iulia Illici Augusta.18 También se ven en estas monedas los atributos de las fuerzas militares que poblaron la colonia, el águila de las legiones, las insignias manipulares de las cohortes y el vexillum de la caballería. En una de las dedicadas á Tiberio hay dos águilas, dando a entender que dos legiones contribuyeron á la población de la colonia illicitana.

 Es natural que al extenderse el cristianismo por España, ciudad tan importante fuese cabeza de un obispado. La obscuridad que reina en los orígenes de las iglesias españolas no permite señalar cuándo se erigió la sede episcopal de Illici, ni seguir su historia.19 A principios del siglo VI hallamos la mención de un obispo illicitano, y luego los nombres de otros, que firmaron las actas de los concilios de Toledo. Tampoco sabemos cuándo concluyó este obispado: consta que se conservó algún tiempo después de la conquista de los árabes. En el año 862 se reunió en Córdoba un concilio para juzgar á un abad, contra quien pesaba una acusación. Uno de los prelados presentes fué Theudegusto, que firmaba Pontifex illicitanus. Este es el último dato que nos ha conservado la historia de los obispos de Illici. Acabó con ellos sin duda la viva hostilidad en que se trocó la primera tolerancia de los sarracenos con el culto cristiano.

 De la ilustre colonia romana, de la sede episcopal visigótica, ¿queda algún vestigio en estos alegres campos? Sí; mas, para buscarlos, hay que apartarse de la población actual. Salgamos de ella, por la parte de Mediodía, y sigamos la carretera de Dolores. Por aquella parte, los huertos de palmeras no forman espesura; surgen aislados, á un lado y otro del camino, alternando con tierras de sembradío y plantaciones de granados. A los dos kilómetros del camino, y á mano izquierda, el terreno se eleva ligeramente. Aquello es la Lloma, la Alcudia de los árabes, que aún conserva también este nombre, de igual significado. Muy cerca de la carretera se ve en aquel terreno una alquería, nueva y blanca, con u rótulo que dice Villa Illici. Con este pomposo título ha querido recordar el dueño de la heredad20 los gloriosos y desvanecidos timbres históricos de aquella meseta de tierra pobre, seca y pedregosa donde el arado tropieza á cada paso. ¡Tropieza con los restos de la ilustre colonia romana! La vulgar Lloma es su tumba. El abundante casquijo, que esteriliza los campos, fórmanlo tiestos de vasijas, escombros de edificios, añicos de marmóreos monumentos, los despojos informes de la historia, el polvo de los siglos. Para los vecinos de Elche, en cuyas cercanías no abunda la piedra de construcción, la Alcudia ha sido una cantera providencial. Durante algunos siglos extrajeron de allí materiales para sus obras. Sacaban á veces piedras con letreros, fragmentos bien labrados, estatuas destrozadas, monedas y otros objetos. Guardábanlos algunas personas curiosas; pero la mayor parte eran abandonados, y al cabo casi todos se perdían.21 A principios del siglos XVII aún se mantenía en pie buena parte de la muralla:22 hoy todavía quedan suficientes restos de ella para marcar el circuito de la arrasada población. En el punto en que mejor se conserva aquel muro, hay, á trechos iguales, tres torres semejantes á las que se ven en los de Pompeya.

 Para una ciudad de la importancia de Illici, era pequeño aquel recinto:23 limitaba sin duda el Arx, la parte fortificada, extendiéndose por fuera los suburbios. En nuestros tiempos, el genio de aquellas devastadas ruinas se encarnó en el mencionado arqueólogo don Aureliano Ibarra. Su libro sobre Illici diseña y explica el resultado de las anteriores y de sus propias exploraciones: en él vemos dibujados y descritos monedas, camafeos, objetos de cerámica con marcas y nombres de muschísimos alfareros; inscripciones, relieves, estatuas, mosaicos, planos de edificios; las diversísimas reliquias de una civilización grandemente artística, y de una ciudad rica y opulenta. Pero no sólo en la Alcudia existen estos restos: los mejores hallazgos del señor Ibarra, los obtuvo á distancia de más de un kilómetro hacia Poniente. Encontró allí enterrados los restos de edificios suntuosos, con gran riqueza de mármoles muy bien labrados, algunas estatuas interesantísimas, etensos y primorosos mosaicos. Algunos de éstos se conservan en el mismo lugar; ¡lástima grande que otros, muy interesantes, se hayan destruido!24

 Pertenecían á la época romana todos los objetos de arte hallados en las ruinas de Illici,25 cuando muy de reciente, se desenterró otro notabilísimo, y cuya procedencia y antigüedad es muy cuestionable. En la misma Alcudia, el día 4 de Enero de 1897, al trabajar un campo, apareció un busto de tamaño natural, de piedra arenisca, primorosamente esculpido y bien conservado.26 Al pronto se creyó que representaba al dios Apolo, y que su singular tocado figuraba el carro del sol.27 Pero esto era una extraña alucinación: el rostro es de mujer, de notable belleza, más por lo expresivo que por lo correcto, acusando un arte muy adelantado, y al mismo tiempo muy original. ¿Fué este arte indígena ó exótico? Nótanse mezclados en él elementos griegos y orientales. ¿Cómo se verificó esta fusión? Mucho discutieron sobre esto los arqueólogos, en España y en el extranjero, desde que se conoció el que hoy es llamado ya por todos El busto de Elche, y más desde que el labrado bloque, desenterrado en la Alcudia, apareció triunfante, como inestimable joya, en el Museo del Louvre, para el cual fué adquirido, con disgusto de todos los que entre nosotros se interesan por las glorias patrias.28

 El sabio conservador de las antigüedades orientales de aquel museo, M. Henzey, es quien mejor ha fijado, en mi concepto, la filiación del busto de Elche. La ascendencia de esta obra artística está en las estatuas del Cerro de los Santos, en cuyos diversos ejemplares se observa el desarrollo de una escultura ibérica, influída á la vez por la tradición oriental (que trajeron probablemente los fenicios) y por la cultura helénica. De aquella estatuaria, marcadamente arcaica, procede el busto que se admira hoy en el Louvre. M. Henzey ha colocado cerca de él una reproducción de una de las imágenes más perfectas del Cerro de los Santos, para que se note bien su semejanza y su difrencia. Hállanse talladas éstas por el rudo cincel del escultor hierático, que se sujeta á un patrón conocido: adivínanse en aquélla la mano hábil y suelta del verdadero artista, que obedece á su inspiración personal; pero sin olvidar tradiciones de escuela. En este discutidísimo busto, son de origen oriental el característico tocado y la profusión de joyas que lo adornan; recuerda el arte griego la fina ejecución del rostro y la vida que le ha impreso el artífice afortunado, como también el plegado de las ropas; y es evidentemente ibérico el tipo del personaje representado, sea una princesa retratada, como han deducido algunos del realismo de sus facciones, ó imagen ideal, para lo cual se valdría el escultor de los modelos que tenía á la vista. Hablando con doña Emilia Pardo Bazán de su visita reciente al Museo del Louvre, le pregunté qué le había parecido el busto de Elche. La eximia escritora, que no presume de arqueóloga, pero que está dotada de un perspicaz sentido de observación, me contestó: —«Me ha parecido... una valenciana Esta es, en verdad, la impresión que produce, contribuyendo á ello el oriental tocado, pues la mitra ó tiara rebajada, sobre el cual corre el velo, hace el efecto de la característica pinta, y los discos sobre las mejillas semejan los trenzados caragols. Para concluir: la Dama de Elche, como la llama M. Henzey, ha venido á demostrar, según este docto anticuario, la influencia vivificadora de Grecia sobre un arte ibérico original y potente.29

 Si murió Illici de mano airada, trocándose en fúnebre catafalco su trono de la Alcudia, ó fué extinguiéndose paulatinamente, mientras allá abajo, á media legua de distancia, iba formándose entre los huertos de palmeras la población que había de sucederle, está por averiguar. En tiempo de los moros, Elche, á la que daban título de ciudad (Medina Elx, la llama el Edrisi), ocupaba ya su actual emplazamiento. Fuertes lienzos de muralla, obra de aquel tiempo, cerraban su recinto cuadrangular.30 Tres de aquellos ángulos estaban defendidos por torres, y el otro por un castillo, que aún existe próximo á la iglesia mayor, y lleva su antiguo nombre de Calahorra.31 Hoy está convertido en mansión aristocrática, y su último poseedor, el marqués de Lendínez, hombre de gustos exquisitos, lo llenó de objetos de arte, entre los cuales hay antigüedades aquí recogidas.32

 A pesar de ser plaza fuerte, no resistió Elche á los cristianos cuando llegó la hora de la reconquista. Entró en el convenio hecho el año 1243 por el rey de Murcia para su sumisión á Don Fernando el Santo de Castilla, que la cedió á su hijo el infante Don Manuel, con los lugares de Crevillente y Aspe, y el valle de Novelda; y veinte años después, cuando se sublevaron los moros del reino de Murcia, confiados en el auxilio de los de Granada y Africa, Don Jaime I de Aragón, que acudió en socorro de su yerno Don Alfonso el Sabio de Castilla, llegó con su hueste hasta los muros de Elche; pero obtuvo sagazmente de la aljama la pacífica entrega de la villa, que volvió á la obedencia del rey castellano y al señorío del infante Don Manuel. Los moros fueron arrojados de ella, y establecidos en el arrabal, que ahora se denomina de San Juan, donde tuvieron una de las morerías más ricas de España. Ocuparon su lugar pobladores cristianos, entre los que se contaban nobles familias de Castilla, Aragón, Navarra y Cataluña. Esto dió mucha importancia á la villa de Elche durante largo tiempo, porque las demás poblaciones de aquella parte del reino, Aspe, Crevillente, Albatera, Elda, Novelda, Monforte, Petrel, Cox y otras, estaban habitadas por los moros y luego por los moriscos.

 Elche perteneció á Castilla hasta la sentencia arbitral de 1304, por la cual pasó a la Corona de Aragón.33 Estos monarcas, como los castellanos, la favorecieron con grandes privilegios; pero los Reyes Católicos, de tan gloriosa memoria para España, la dejaron muy mala en la ciudad de las palmeras. Al concertar su casamiento, el rey Don Juan II dió en dote á su nuera Doña Isabel de Castilla la villa de Elche con el lugar de Crevillente, y esta princesa los traspasó á su maestresala don Gutierre de Cárdenas, por sus buenos oficios en el arreglo de la boda. Los illicitanos protestaron contra aquel señorío de una casa, que ni siquiera pertenecía á los Estados de la Corona aragonesa, y sostuvieron empeñada resistencia, que cedió entonces á la fuerza; pero renació con motivo de las Germanías, acogiéndose los de Elche á la bandera popular contra sus señores. Don Diego de Cárdenas, hijo de don Gutierre, y magnate poderoso, adelantado mayor del reino de Granada y primer duque de Maqueda, á quien el emperador Don Carlos dió título de marqués de Elche, tuvo que combatir con las armas contra esta villa, y hubo de retirarse dejando ante los muros el cadáver de su hermano. Pero la Germanía fué vencida, y los rebeldes tuvieron que someterse á su señor. Cambiaron los tiempos; pero no esta animosidad de aquellos descontentos vasallos. Un pleito, que mucho después pusieron á los marqueses, duró ciento veintitrés años, y lo perdieron también.34

 Elche, derribados sus antiguos muros,35 y bastante ensanchada, es hoy un pueblo muy grande, muy agricultor y algo industrial,36 favorecido de reciente con título de ciudad. En 1871, cuando el rey Don Amadeo fué á Alicante á esperar á su esposa, que venía de Italia, visitó estos amenos lugares, y al ver desde el terrado de la iglesia de Santa María el bello panorama de la población y su campiña, dijo: —«Desde este momento sea Elche ciudad.»— Como aquel monarca, de efímero reinado, subamos al terrado de Santa María, porque no ver Elche desde lo alto, es no haberla visto. Sus casas, que desde la calle pierden mucho carácter por los modernos balcones, son, desde arriba, acabados tipos de construcción árabe, con sus azoteas planas, sin una teja, y de color ceniciento. Las calles tortuosas y los viejos castillos prestan más carácter á aquel conjunto exótico, y completa el cuadro el palmeral que por todos puntos rodea la ciudad. Una zona triple de cultivo se extiende, como un anillo, en torno de ella. primero, casi pegados á las casas, los huertos de palmeras; después las huertas, cuya fresca lozanía contrasta con el tinte obscuro de aquel bosque, y en último término, los olivares, otro bosque de tonos pálidos y grisientos: más allá, tierra campa y desnuda. Desde este elevado mirador, se comprende lo que es un oasis del desierto, al ver en las lejanías de tan frondoso vergel, y en todas direcciones, terrenos amarillentos, secos, sin vegetación alguna, que se extienden por muchos kilómetros, sin que nada detenga la vista; sólo allá, á lo último del horizonte, se distingue, al final de una carretera recta y polvorienta, el caserío de Crevillente, blanco y con palmeras también alrededor; y al lado opuesto se adivina el mar, por la indecisa línea brillante que interrumpe y obstruye la mole del cabo de Santa Pola.

 Esta iglesia de Santa María, famosa en toda la provincia de Alicante, es el principal monumento de Elche; y la extraña fiesta que en ella se celebra el día de la Asunción, drama litúrgico-musical de la Edad Media, único en España y fuera de España que continúa representándose dentro de los templos, contribuye á una celebridad de la ciudad illicitana casi tanto como sus magníficos palmerales.

 La imagen de Nuestra Señora de la Asunción, que en esa iglesia se venera, tiene una leyenda, que sus devotos juzgan comprobada como un hecho histórico, aunque no hay documentos justificativos de la piadosa creencia.37 Según la versión más admitida, en la noche del 29 de Diciembre del año 1370 (otros cronistas suponen que fué en Mayo de 1266), un soldado llamado Francisco Cantó, que era guarda de la costa, vió á la orilla del mar un hombre, sentado sobre un arca grande. Díjole aquel hombre al soldado que traía el arca para Elche, y puesto que iba á caballo, le regoba que la llevase á la villa y la dejase en la primera casa donde viese luz. Resistióse el soldado, por no faltar á su obligación; pero tanto instó el desconocido, que aceptó el encargo. En aquel instante desapareció el mensajero, y Cantó, cargando con el arca, la llevó á la villa. Hallábase ésta completamente a obscuras: sólo había luz en la ermita de San Sebastián, hospital entonces: dejó allí la misteriosa caja, y al abrirla, hallaron en ella una imagen de la Virgen, pobremente vestida, y unos papeles. Estos papeles eran la consueta, es decir, la letra y la música del drama religioso de la Asunción. En la tapa del arca había un letrero, que decía: «Pera Elig». En aquel hospital construyeron una capilla para la providencial imagen, y añade la tradición que por dos veces quisieron llevarla á la iglesia mayor y volvió milagrosamente á su capilla, hasta que, á fuerza de rogativas, se logró que permaneciese en aquel templo.38

 Este ha sido varias veces reconstruído. La mezquita de los moros sirvió á Elche de primera iglesia parroquial. En 1334 fué derribada, para construir de planta otra, que sólo duró hasta 1492. La fábrica que entonces se hizo no era muy sólida: copiosas lluvias que hubo en el año 1672, desplomaron su bóveda, y al año siguiente comenzaron las obras del templo actual,39 en las que los illicitanos quisieron hacer alarde de su religiosidad y su largueza. Arbitraron toda clase de recursos para ellas, y aún así, duraron más de un siglo, hasta el año 1784, en que les dió remate el obispo de Orihuela don José Tormo, gran protector de la villa de Elche.

 La iglesia de Santa María, á la cual dió aquel prelado el título de Parroquia insigne, es muy grande, muy elevada, muy luminosa, construída toda ella de sillería y siguiendo la misma traza de la colegiata de Alicante. En la fachada que da á la plaza se abre la puerta principal, de vistosa decoración, algo barroca, pero gallarda y magnífica. Sobre la redonda puerta, un gran medallón de muy alto relieve, representa la Asunción de la Virgen. A uno y otro lado, sostienen el segundo cuerpo tres elevadas columnas, de capitel corintio, y variados fustes: salomónico el uno; estriado en espiral el otro, liso el tercero. Sobre el cornisamiento de este cuerpo, se destacan las estatuas de los Apóstoles San Pedro y San Pablo. En el nicho central del segundo cuerpo, de análogo diseño, está la del Patriarca San José. A un lado de esta portada se eleva la torre, que es cuadrada y de severa traza. Un remate de madera que tenía, terminado por una giralda, lo destruyó un incendio.40 El interior del templo es muy despejado: sólo tiene una nave muy ancha y altísima, con cuatro capillas á cada lado. Sobre las capillas hay sendas tribunas, y encima de ellas sendas ventanas. Corre un balcón por aquella alturas en todo el circuito de la iglesia. El crucero, de brazos cortos, tiene gran amplitud, y sobre él se eleva la grandiosa cúpula, que llena de orgullo á los hijos de Elche. El coro está en els presbiterio, en cuyo ábside se abren también nuevas capillas y nuevas tribunas. El altar mayor es un tabernáculo de mármol, con altos relieves de mérito, y el frontal, de mármol también, tiene preciosas incrustaciones de mayólica, representando los Apóstoles. El camarín de la Virgen es muy rico en ornamentación, todo de madera tallada con una prodigalidad que admira, y muy bien dorado. Detrás del presbiterio está la capilla de la Comunión, en cuyo altar hay un buen cuadro de don Vicente López, representando á Jesucristo que da el Pan eucarístico á San Pedro.

 Tuvieron sin duda en cuenta, al construir esta iglesia, el espectáculo que en ella se representa y la muchedumbre que entonces la invade. Cuando se aproxima la Festa, transfórmase el templo en teatro. Retíranse de las capillas los ornamentos sagrados, y hasta las aras de los altares, para evitar profanaciones. Cúbrese la cúpula con un lienzo en el que está figurado el cielo, ocultando la tramoya para la representación maravillosa; debajo de él, en el centro del crucero, se construye un modesto tablado (cadafal) ceñido con barandilla con balaustres de madera; en él se coloca el lecho imperial para la Asunta.41 Del tablado hasta los pies de la iglesia baja una suave rampa, de madera también, con barandilla: es el andador, por donde llegan al tablado los personajes del drama sagrado. En el cadafal hay sillones para el arcipreste y otros sacerdotes de la parroquia, y junto a él otro tabladillo ó estrado para el Ayuntamiento. El caballero portaestandarte y los dos señores electos,42 que son los que dirigen la fiesta, tienen también asientos preferentes junto al andador, lo mismo que las dos señoras camareras de la Virgen. En largas y apretadas filas llenan todo el espacio disponible bancos, sillas, banquetas, toda especies de asientos, y aunque se dan billetes para ocuparlos, la confusión es grandísima. Desde mucho antes de comenzar la función acude el gentío, irreverente y vocinglero por el mismo ingenuo afán de presenciarla. Los huecos que dejaron libres los asientos están atestados de espectadores, sudorosos y jadeantes. Encarámanse sobre los altares, abrázanse á las columnas: todo lo llenan. El calor de la canícula, que atiza en Elche un sol casi africano, crece con las aperturas y el vaho de aquel inmenso montón de carne humana; pasan de mano en mano los botijos y las garrafas, y agitan sin cesar el ambiente caldeado los abanicos, que, como oportuno obsequio, regala el Ayuntamiento á los invitados para la fiesta.

 Cesa de pronto aquel estruendo, parecido al oleajes de un mar tempestuoso: es que la Virgen ha entrado en la iglesia y avanza por el andador... Pero había olvidado que la fiesta tiene un preludio muy hermoso, la Albá (alborada), y algo habrá que decir de ella. Comienza la animación el día 13; llénase la ciudad de forasteros; suenan el tamboril y la dulzaina, hace la gente provisión de juegos de pólvora, y cuando cierra la noche, todas las familias suben á las azoteas provistos de una voluminosa sandía (meló d'aygua), refresco tradicional y obligado de esta solemne velada. El cielo, casi nunca nublado en Elche, suele resplandecer espléndido en aquella noche de estío, cuyo silencio interrumpen músicas y cantos, risas y gritos de júbilo, que van de terrado á terrado en confuso rumor. A cada momento brillan en las tinieblas los vivos colores de las luces de bengalas y rompen el aire los cohetes voladores. Al tocar los tres cuartos para las doces, estalla en lo alto de la Casa Capitular una explosión de bombas de luces, y á esa señal disparan los vecinos otros fuegos de artificio. Reina despues, hondo silencio, y al oirse la primera campanada de media noche, suena en toda la población el grito de ¡Viva la Mare de Déu! y desde la misma torre del Consejo suben al cielo centenares de cohetes de luminoso ramillete. Aquello se llama la Palmera. Los espectadores piadosos se arrodillan y rezan una Salve á la Virgen, aprestándose en seguida á rajar y comer el meló d'aygua.

 El drama de la Asunción tiene dos jornadas que serepresentan separadamente las tardes del 14 y 15 de Agosto. Le da comienzo la Virgen María, que con las manos juntas, cubierta con holgado manto azul y aureola de plata á la cabeza, sube al cadafal acompañada por las dos Marías mudas, y un coro de ángeles.43 La Madre de Dios, representada por un muchachuelo,44 se arrodilla y canta, con su voz infantil, de timbre agudo, una especie de salmodia monótona y triste, que recuerda las arábigas melopeas. La letra está escrita en castizo y arcaico valenciano.45 Aflige á la Virgen la partida de su hijo; reza, contemplando el Huerto de Getsemaní, la cruz del Redentor y su Sepulcro, figurados en varios sitios de la iglesia, y expresa su deseo de morir. ábrese entonces el cielo, y baja de él un globo azul con franjas de oro, á los sones de la música y entre las aclamaciones de la multitud. Aquello es la manmgrana (granada), que se abre, dejando al descubierto al Angel que va dentro de ella. El celestial mensajero saluda á la Virgen, le anuncia que á los tres días morirá, para ser coronada en la gloria, y le da una palma de oro, encargándole que la lleven delante de su cadáver cuando hayan de enterrarla. María le pide una merced: que vengan los Apóstoles para la hora de su muerte. Concédeselo el Angel, y vuelve al cielo. Entonces el caballero portaestandarte y los dos electos van á buscar á los Apóstoles, reunidos en la cercana ermita de San Sebastián, que sirve de vestuario á todos aquellos cantores. Llega primero San Juan, á quien entrega la palma la Virgen; viene luego San Pedro; y siguen después los demás. Todo el diálogo es cantado: la antigua poesía valenciana, solemne y severa, se enlaza de un modo extraño con el latín litúrgico. Después de muchas lamentaciones y ceremonias de los Apóstoles, la Virgen figura morir, y por arte de tramoya, el niño que la representa es sustituido en el lecho monumental por el propia imagen de la Mare de Déu, la que, según la tradición, llegó á Elche milagrosamente. Esta imagen no es la de la Virgen tendida y muerta, sino viva y en pie; para figurar el fallecimiento, se le pone una careta de difunta. Aquel es uno de los momentos más sensacionales de la fiesta: el cielo se abre otra vez, y baja Ara-Cœli (altar celestial). Sobre una peana de oro está en pie un Angel, vestido de blanco; acompáñanle cuatro querubines tocando el arpa y la guitarra. El Angel desciende á recoger el alma santa de María (representada por una pequeña efigie de la Virgen), y la sube al cielo, repitiéndose, mientras dura la triunfal ascensión, el estruendo del órgano, de las músicas, de las campanas, antes las salavas de la artillería, y siempre la aclamación popular.

 El segundo acto representa el entierro de la Virgen; pero entre una y otra jornada del drama sacro media la solemne procesión, que también ofrece carácter original. Del extenso campo de Elche y las poblaciones cercanas acude inmensa muchedumbre. Nutridos grupos de devotos esperan el toque de medianoche para entrar en la iglesia, cuyas puertas se abren á aquella hora. Empiezan entonces «las promesas». Centenares de fieles, millares quizás, que se vieron en algún trabajo, ofrecieron á la Virgen hacer la carrera de la procesión con una candela encendida, que entregan luego en el templo como homenaje á Nuestra Señora. Entre las sombras de la noche desfilan, cual silenciosos fantasmas, aquellos fieles. Pero hay que ver este desfile así que luce el día, y hasta las nueve de la mañana, hora de la procesión, cuando la apiñada multitud de espectadores apenas deja paso á las dos filas interminables que forman los devotos de «las promesas». Hombres y mujeres, niños y viejos, personas de toda clase y condición, labriegos, artesanos, soldados, marineros, gente urbana y gente rural, señoras y señoritas elegantes, al lado de humildes jornaleros y campesinas toscas, cumplen su voto, procediendo al séquito religioso de la Virgen. Este es muy corto: lo componen el clero de las tres parroquias de la ciudad, precedido por el portaestandarte de la fiesta, y pocas personas más. La imagen de Nuestra Señora, tendida en el lecho y con su antifaz de difunta, como la vimos la tarde anterior en el cadafal, es llevada en hombros por los mismos Apóstoles, que toman parte en la representación del drama, y detrás, haciendo de preste, va San Pedro, revestido con capa pluvial (pues es un sacerdote el encargado de este personaje); pero sin desprenderse de las barbas blancas y la postiza calva, ni del nimbo de latón dorado, y llevando en las manos las figuradas llaves del cielo.

 Después de la procesión, celébrase en la iglesia de un modo solemnísimo la misa, en la cual predica siempre un orador de muchas campanillas; y á la tarde, vuelve á convertirse el templo en místico teatro. Va á representarse el entierro de la Virgen. Es la escena mejor compuesta del drama sacro-musical. Los Apóstoles (menos Santo Tomás), las Marías, el coro de Angeles y de Elegidos, veneran el cadáver de la Virgen, besando sus pies. Alternan las fúnebres coplas (una especie de planctus) con el salmo In exitu Israel de Ægypto, y por fin, todos con sendos ciriales en las manos, forman la procesión del entierro, llevando los Apóstoles en brazos el sagrado cuerpo hasta dejarlo en el sepulcro (un hueco abierto en el tablado). En aquel instante vuelve á bajar el Ara-Cœli, llevando el Angel el alma de la Virgen, y con una especie de villancico, de estructura muy sencilla y expresiva, invita á la Esposa celestial para que suba á su eterno reino. Interrumpe momentáneamente la acción un incidente algo cómico: llega Santo Tomás, todo azorado, por haber hecho tarde para asistir al entierro, y se excusa diciendo que las Indias lo han ocupado.46 El fin del drama se aproxima. Remóntase el Ara-Cœli lenta y solemnemente; pero ya no va el Angel en aquel aéreo trono: lo ha reemplazado la imagen de la Virgen, desprovista de la mascarilla de la muerte, y saludada por los vítores del pueblo devoto, que crecen y se multiplican al ver que desciende otro grupo, representando la Santísima Trinidad. El Padre Eterno lleva en las manos una corona imperial, y suspendido en medio del espacioso templo, que parece temblar con la repercusión del clamoroso vocerío, entre lluvia de flores y oropeles, cuando la imagen llega á su alcance, coloca en sus sienes la corona.

 Concíbese fácilmente el efecto que en otros tiempos, de fe sencilla y apasionada, produciría este espectáculo sobre un pueblo de escasa cultura y viva imaginación. Hoy resulta extraño y anacrónico; á muchos les parecerá profano é impropio de la santidad del templo; pero, por eso mismo, como estraordinaria supervivencia de otras edades, es interesantísimo para el historiador y atractivo para el artista.

 ¿Cuál fué su origen y cuáles fueron sus vicisitudes? preguntará el lector, por poco que reuna aquellas cualidades. Ni Viciana ni Escolano mencionaron la famosa Festa, al hablar de Elche; pero en nuestros tiempos ha llamado la atención el singularísimo resto medioeval, y algunos autores se han ocupado de él.47 Consta por anotaciones en los libros del Consejo de Elche que á mediados del siglo XIV se celebraba ya esta fiesta, la cual estaba á cargo de una cofradía de Nuestra Señora de la Asunción.48 A principios del XVII había decaído, por escasear los fondos de la cofradía, y prescindióse de ella dos años; pero el Consejo la tomó entonces por su cuenta, previniendo que por ningún motivo dejara de celebrarse, y aún no ha quedado incumplido aquel acuerdo.49 Qué forma tuvo la fiesta de Elche (así la llamaban) en los primeros tiempos; cuándo empezó la representación teatral en la iglesia, y en qué fecha se le dió á la Consueta el actual texto literario, son cosas no bien averiguadas todavía á pesar de los recientes estudios. La Consueta manuscrita que sirve para la representación del drama, es del año 1639, y en ella se consigna que fué escrita por un Devoto.50 Algunos han creído que este anónimo devoto arregló el texto, refundiendo una obra más antigua. Pero he tenido ocasión de ver en Elche otro manuscrito de la Consueta confecha de 1625, en el cual se dice que está copiado del original, cuidadosamente conservado por la «Villa y clero».51 Hay que remontar, pues, á una época anterior la redacción del texto actual de esta obra dramática.

 Como habrá notado el lector por la reseña de la representación, este drama sagrado se desarrolla de un modo sobrio y severo, siguiendo la versión legendaria, entonces muy generalizada, del modo cómo ocurrieron la muerte y la asunción de la Santísima Virgen.52 El mismo argumento sirvió para representar este espectáculo religioso en otros puntos. El texto de uno de estos dramas de la Asunción, que se remonta al siglo XIV, apareció poco há en Cataluña,53 motivando la suposición de que procede de él la Festa de Elche. ¿No podrían derivar los dos de una fuente común? (* el autor considera que el drama ilicitano es más antíguo que el catalán, además de que este tipo de obras fueron práctica común en muchos lugares. Ver nota 53).

 Más interesante para nuestro objeto es un códice que se conserva en Valencia, y del cual nada se ha dicho hasta ahora.54 Contiene este manuscrito la parte de la Virgen María en el drama de la Asunción. La escritura parece de principios del siglo XV ó fines del XIV; el lenguaje aún acusa mayor antigüedad y marcada influencia provenzal.55 Esta representación, destinada á la iglesia, se divide en dos jornadas, y el asunto está desarrollado lo mismo que en la actual fiesta de Elche; pero con mayor extensión y con algunas variantes notables. Comienza del mismo modo: con el deseo de morir, que expresa la Virgen; sus oraciones ante el huerto de Getsemaní, el Calvario y el sepulcro de Jesús; el descenso del ángel, el anuncio de su muerte y la entrega de la palma de oro. Pero después cambia bastante la acción. A casa de la Virgen56 acuden á despedirse de ella, no sólo los Apóstoles, sino también el pueblo cristiano, los profetas, los tres príncipes, Gamaniel, san Joaquín, Moisés, Abraham y otros personajes. Después de largas despedidas con muchas ceremonias, se abre otra vez el cielo y desciende Jesús, en persona, que saca el alma del cuerpo de su madre. En la segunda jornada, San Miguel vuelve el alma al cuerpo de María, que se incorpora y se levanta sorprendida y admirada. Llena todo este acto la nueva despedida muy ceremoniosa de la Virgen y todos los personajes del drama, hasta el momento de la Asunción.57 Todo esto difiere bastante de la Consueta de Elche, tal como se conoce desde principios del siglo XVII. En el manuscrito á que me refiero, no se consigna donde se hacía aquella representación; pero no parece probable que fuese en otra parte, pues no hay memoria alguna de tal espectáculo sagrado en otra población del reino de Valencia. En lo principal, coinciden ambos libretos; también en la tramoya, y en que no era el muchacho que representaba á María, sino una imagen de la Virgen, la que aparecía como muerta y era después elevada en el Ara-Cœli. Aceptando que este drama ahora descubierto era para la fiesta de Elche, tendremos que admitir una modificación completa de la Consueta, que se haría probablemente en el siglo XVI.

 La música actual de ésta, que pudiéramos llamar ópera religiosa, proviene del siglo XVI indudablemente, y es de la llamada polifónica, que en aquel tiempo floreció. La notación de que hoy se valen los que representan el drama, está sacada de una Consueta musical, de comienzos del siglo XVIII;58 pero ésta no es más que una copia de solfas más antiguas, pues se emplean en ella los signos y procedimientos de la anterior centuria. El estilo no es el mismo en toda la composición, denotando la intervención de diferentes autores, lo cual está comprobado por la Consueta de 1639. Esta es puramente literaria; no tiene notación musical; pero en la segunda jornada se consigna el nombre de tres de los autores de la música, lo cual da alguna luz sobre la época de la composición.59 Hay, además, la especialísima circunstancia de que los dos primeros números de la partitura (plegaria de la Virgen y contestación del Angel) se cantan, no con la música marcada en la Consueta, sinó con otra evidentemente más antigua, conservada de oídas y de tiempo inmemorial, anterior sin duda alguna al siglo XVII.60

 No censurará, sin duda, el lector, que me haya detenido tanto en la famosa Festa, aunque tenga que abreviar lo que me queda que decir de Elche. Citaré sus dos parroquias, del Salvador y de San Juan Bautista; son buenos templos, pero insignificantes al lado del de Santa María. El de San Juan, situado en el arrabal de este nombre, fué mezquita de la morería. Hubo en Elche dos conventos de frailes: el de la Merced fué fundado inmediatamente después de la reconquista, habiendo cedido el infante Don Manuel para ello unos baños árabes á los religiosos mercedarios de Santa Eulalia de Barcelona; el otro convento, de alcantarinos, dedicado á san José, databa de mediados del siglo XVII, y profesaron en él San Pascual Bailón y el Beato Andrés Hibernón. En el primero está ahora una comunidad de monjas clarisas, cuyo anterior convento se arruinó; el segundo sirve de hospital. De edificios civiles, después de la moruna Calahorra, el de mayor importancia histórica es la Casa Capitular, que da, por una parte, á la Plaza Mayor, y por la otra á la de la Fruta, fuera del antiguo recinto murado. El cuerpo central, llamado la Torre del Consejo, se construyó en 1441. En otra torre está el reloj (obra del año 1573, notable entonces) con sus famosos y populares Calendura y Calendureta. Son estos personajes dos muñecos armados de sendas mazas, que golpean las campanas, para dar las horas el mayor, y los cuartos el menor. Su extraño nombre, se ha creído que viene de Kalendas. Curioso resto de la Edad media es la torre del palacio de los marqueses, que está á un extremo de la población, sobre el tajado borde del Vinalopó. Hoy es cárcel pública.61 Del siglo pasado tiene Elche dos construcciones importantes: un sólido puente de dos ojos sobre aquel río, y un vasto cuartel de caballería, abandonado ya.

 Pero todo esto importa poco á los turistas, ansiosos de salir de la ciudad, para recorrer los huertos de palmeras, perderse en la espesura de aquel bosque exótico y magnífico; palpar los rugosos troncos y convencerse de que es realidad el sorprendente espectáculo, de que no va á desvanecerse como los cuadros de un cinematógrafo. Hay que abrir bien los ojos para retenerlo por siempre en el fondo de las retinas, y avivar todos los sentidos para apropiárselo; ó bien, dejarse llevar por la imaginación, y soñar que por algún claro de aquella columnata interminable aparece, como un brazo de mar, la corriente del sagrado Nilo, ó el desierto sin límites, cruzado por la lenta caravana, y dejando ver en la recta línea del horizonte la silueta de las Pirámides. Apenas salimos de la población estamos en pleno palmeral. Este, como ya dije, la circuye por todas partes, formando un inmenso anillo. La calidad del riego ha contribuído mucho al cultivo de la palmera en Elche. Las aguas torrenciales del río Vinalopó, reunidas para este efecto en un pantano, situado á una legua más arriba,62 son salitrosas y perjudiciales para muchos árboles. La palmera y el granado las soportan bien, y por eso alternan estos dos en los huertos illicitanos. El más hábil artista no hubiese ideado mejor combinación para forjar jardines ideales. Forman espeso matorral las apretadas frondas del ganado, en las que abre la primavera las flores, como llamaradas de púrpura, y dobla el otoño las flexibles ramas al peso de las coronadas pomas, estuches de rubíes, que dejan ver, al agrietarse, su escondido tesoro. Sobre aquellos macizos de un verde intenso, levanta al cielo el rey de los árboles su atrevido mástil, para formar allá arriba el vergel aéreo de sus palmas cimbradoras y sus racimos de oro.

 Los huertos suelen estar cerrados de tapia; y las palmeras plantadas en largas y dobles filas, corriendo por medio los andenes (andadors) y los canalizos de riego (cequioles), que llevan á todas partes las aguas fecundantes. En los centros que dejan esas hileras al cruzarse, cultivan legumbres y berzas los hortelanos. Casitas de labor, muy blancas, cubiertas con una terreza horizontal, alguna choza con rústico techo de palmas secas, completan el aspecto oriental de aquellos huertos, y aún parece éste más exacto, si las hilanderas de ojos negrísimos y atezado rostro, con un pañuelo de vivos colores por tocado, hacen girar un torno, de forma primitiva, y estiran las fibras del cáñamo, yendo y viniendo por los andadores, al són de alguna pausada canción de arábigas modulaciones.

 Pero el embeleso de los ojos y del ánimo está arriba, en los troncos y los penachos de las palmeras. Imposible parece que con tan pocos elementos puedan componerse cuadros tan hermosos. No hay árbol más monótono que éste: un poste, más ó menos largo, clavado en tierra, y un manojo de palmas á la otra punta, eso es todo, y siempre igual. Es raro fenómeno que alguno de ellos bifurque ó trifurque su tronco, que lo tuerza, ó lo extienda oblicuamente, abandonando la obligada y majestuosa vertical. Es más raro todavía, otro fenómeno, que admiró á principios del siglo pasado á Alejandro Laborde, y que ahora se ha reproducido. Aquel viajero dibujó en su obra monumental63 una palmera, de cuyo tronco, á poca altura, brotaban siete ramas, que crecían simétricas, recordando el candelabro de siete brazos de Jerusalén. De aquella palmera no se guarda memoria en Elche; ahora hay otra, aún joven, que es enteramente igual.64 Esto son, como he dicho, excepciones de la ley general: millares y millones de palmeras crecen idénticas, rectas, como palos de navío, columnas erguidas, sin base, como las del primitivo orden dórico, din adorno alguno, salvo el airosísimo chapitel de sus largas hojas encorvadas. Si el viento las bate, se columpia con graciosos movimientos la frondosa garzota. Pero eso no es lo común: en este clima privilegiado la atmósfera está casi siempre tranquila; el cielo despejado y luminosísimo. Nada se mueve, todo calla, y sobre el fondo diáfano del firmamento se encumbran y se recortan troncos, racimos y palmas en perenne reposo y completa inmovilidad, que tienen algo de maravilloso y paradisíaco.

 

 (Texto original: TEODORO LLORENTE. d. Daniel Cortezo y Cia., Barcelona, 1889, pp. 971-1014).

 Anotaciones al texto realizadas por el propio autor:

1 En la región costanera de España, desde Cataluña hasta Portugal, crece espontáneamente y es muy abundante otra especie de palma, el palmito, margalló en Valencia (Chamærops humilis, de los botánicos); pero es una planta que no se levanta del suelo, contra la condición general de las de su familia.

2 Historia de la dominación de los árabes en España, por don José Antonio Conde, segunda parte, cap. IX.

3 Admiten el origen árabe de nuestras palmeras don Miguel Colmeiro, Curso de Botánica, Madrid, 1854; don Eugenio de Coloma, Manual del hacendado y labrador, Habana, 1861; y don Pedro Marzo de Lorenzana, Agronomía, Madrid, 1817.

4 «Judæa inclyta est vel magis palmis, quarum natura nunc dicetur. Sunt quidem et in Europa vulgoque Italia sed steriles. Ferunt in maritimis Hispaniæ fructum, verum immitem; dulcem in Africa, sed statim cuanescentem. Contra in Oriente: ex his vina, gentiumque aliquibus panis plurimis vero etiam quadrupedum cibus. Quam ob rem jure dicentur externæ. Nulla est in Italia sponte genita, nec in alia parte terrarum nisi in calida: frugifera vero nusquam nisi in fervida.» C. Plinii secundi naturalis historiæ, Liber XIII.

5 «Palma dicta, quia manus victricis ornatus est, vel quod oppansis est ramis in modum palma hominis. Est enim arbor insigne victoriæ, proceroque, ac decoro virgulto, diuturnisque frondibus vestita et folia sua sine ulla successione conservans. Illam Graeci Phænicem dicunt, quod, diu duret, ex nomine avis illius Arabiæ, quæ multis annis vivere perhibetur. Quæ dum in multis locis nascatur, non in omnibus fructus perficit maturitarem.» Divi Isidori Opera, Lib. XVII, cap. VII, Etymologiam.

6 Dice Escolano, que á tiro de arcabuz del castillo de Santa Pola se descubría un grande aljibe, donde estaba sita la antigua ciudad, «y cerca del aljibe, al Poniente, añade, muchos rastros del muelle del puerto en seco, más de qunientos pasos la tierra adentro por haberse retirado el mar, como cada día experimentamos en la costa. Desta antiquísima ciudad y sus aldeas están en pie por aquellos contornos y campo muchos cimientos y paredones y se van cada día desenterrando medallas y monedas romanas. Sin esto, se ve el vestigio de un camino real, que desde Cartagena viene atravesando por junto á Catral y toca en un paso que hoy se llama el Hostalet, que es el mojón entre Elche y Orihuela; y viene á dar derechamente al sitio de dicho aljibe. El camino aún permanece empedrado y es cierto que se trajeron de lejos las piedras para hacerle, por correr casi todo sobre tierra de saladares, y en testimonio de lo que fué, le llaman aún los naturales de aquel paraje el camino de los Romanos.» Década primera, libro VI, capítulo VIII.

7 Llamóse esta isla Plana ó de San Pablo; y luego por corrupción de este último nombre, de Santa Paola y de Santa Pola. en el año 1769, Don Carlos III hizo redimir, á los genoveses habitantes de la isla Tabarca, en los confines de Argel y Túnez, que estaban cautivos, los cuales fueron llevados á la de Santa Pola, que desde entonces tiene el nombre de Nueva Tabarca. Mandó construir aquel monarca, para la defensa de la nueva población, un castillo, que aún se conserva, lo mismo que la iglesia y otros edificios públicos. La primera torre de esta isla, citada en el texto, fué construida en 1337, habiendo autorizado la construcción el infante Don Ramón Berenguer, señor de Elche.

8 El haber sido nombrado virrey del reino de Valencia Don Bernardino de Cárdenas, duque de Maqueda, hijo del señor de Elche, favoreció la construcción de este castillo, hecha en 1557. Para su guarda se destinaron un alcaide, un alférez y treinta soldados. El duque de Maqueda hizo construir otras muchas fortalezas y torres de vigía para la defensa de las costas, á expensas de la Generalidad del reino.

9 Don Adolfo Herrera, académico de la Historia, que suele veranear en Santa Pola, me da noticias interesantes sobre restos del Portus Illicitani, Encuéntranse éstos en un espacio reducidísimo, al Oeste de la actual población, en terrenos de la propiedad de los señores Murtula, que confinan al Norte con monte bajo de piedra caliza, donde no se ven vestigios de edificación antigua; al Oeste con terreno pantanoso, que nunca pudo ser habitado; al Sur con el mar, y al Este con el caserío de Santa Pola, en cuyo suelo tampoco se descubren restos romanos de ninguna clase. Sobre las ruinas del antiguo poblado se han construido algún edificio rural y el cementerio; el resto son tierras de labor. Los señores Múrtula, personas muy ilustradas, han hecho en ellas algunas excavaciones con feliz éxito, pues han encontrado: dos inscripciones romanas que se han publicado en el Boletín de la Academia de la Historia; la parte inferior de una estatua de mármol blanco con traje talar de 0'34 metros alto (desproporcionada y de poquísimo valor artístico); una preciosa cabeza de mármol blanco, de los mejores tiempos de la época romana; un anillo de oro con una moneda de Marco Aurelio, también de oro, incrustada en él; dos monedas de oro del emperador Galiano, ambas muy raras; otra moneda de oro del emperador Arcadio; un collar de oro con 48 prismas y su broche, y otro de oro y vidrio rojo, formado por 35 pequeños cilindros, los dos de época romana también. En 1864 don Antonio Múrtula, padre de los actuales propietarios, halló en las mismas tierras un magnífico dollium de gran tamaño y del cual hizo donación al Museo Arqueológico Nacional. El señor Rada y Delgado, en memoria que presentó al ministro de Fomento en 1871, consignaba que era la pieza mayor de cerámica romana que había en España.

10 Tito Livio llamó á esta ciudad ILVCIA, Pomponio Mela ILLICEN, Plinio ILLICE, Ptolomeo ILICIAS, Antonino Pío ILICI: los árabes, primeramente ELIXE, y luego ELX. En la Crónica del rei Don Jaime se escribe ELXE: en los documentos de aquella época redactados en latín ELCHIO y ELCHII. En los privilegios de la villa, escritos en castellano, en el siglo XIII, encontramos ya ELCHE. En los documentos valencianos de aquella época y posteriores, se usa ELIG, ELIX, ELICH y también ELG.

11 Ilice, hoy villa de Elche, ilustrada con varios discursos. Su autor, don Juan Antonio Mayans i Siscar, presbitero. Valencia 1770. A Illici y sus antigüedades dedicó también un interesante estudio el marqués de Molins, don Mariano Roca de Togores, en su discurso de recepción en la Real Academia de la Historia, leído el 29 de junio de 1869.

12 Illici, su situación y antigüedades, por Aureliano Ibarra y Manzoni, ilustrada con 25 láminas, conteniendo la reproducción de 237 monumentos antiguos, descubiertos casi en su totalidad, dibujados y grabados por el mismo autor, Alicante, 1879. La interesante colección de objetos antiguos, que formó el señor Ibarra, fué adquirida á su muerte por el Estado y destinada al Museo Arquológico Nacional. Un hermano de don Aureliano, don Pedro Ibarra y Ruiz, que pertenece al cuerpo de Archiveros, bibliotecarios y anticuarios, ha proseguido la obra de su difunto hermano, y tiene reunidos ya muchos restos de la destruída Illici. Con el título de Historia de Elche, escrita á la vista de los más fidedignos testimonios y contemporáneos estudios, y dispuesta de modo que pueda servir de libro de lectura en las Escuelas de dicha ciudad, Alicante, 1895, ha publicado un epítome muy interesante y muy útil, el cual prueba sus fructuosas investigaciones en archivos y bibliotecas. Para completar la bibliografía de Elche, citaremos otros dos libros modernos: Apuntes sobre la historia antigua de la villa de Elche, pro don Pascual Caracena, Elche, 1855, y Epítome histórico de Elche, por don Francisco Fuentes, Elche, el mismo año. También se conservan dos historias manuscritas, muy curiosas, tituladas Excelencias de la villa de Elche, por don Cristóbal Sanz de Carbonell, síndico, que la escribió por el año 1621, y Antigüedades y glorias de la villa de Elche, por fray Salvador Perpiñán, de 1705. Las tiene en su biblioteca don Pedro Ibarra.

13 No están conformes los autores en si es ibérico ó fenicio el nombre de Illici. Don Aureliano Fernández Guerra considera indudable esto último, y añade que recuerda ese nombre el de Elice, ciudad de la Idumea, rica también en floridas palmas y citada en el libro de Judith. Pero don Juan Antonio Mayans, el padre Flórez y algunos escritores modernos, encuentran el sello del iberismo en las letras iniciales ILI, muy repetidas en las poblaciones ibéricas, y cuya radical, en el idioma de los turdetanos, debió significar lo mismo que BRIGA en la de los celtíberos, es decir, ciudad o población.

14 Véase el tomo I, cap. II, pág. 52 de esta obra, donde se refieren brevemente estos acontecimientos.

15 Como he dicho en una nota anterior, creen algunos autores que Icosium, ciudad de la que tomaban nombre los icositanos, es Agost, donde se encuentran restos de aquella remota antigüedad.

16 Véase Medallas de las Colonias y Municipios de España, por el P. Flórez, tomos II y III. Diez y siete son las medallas de Illici que menciona este autor, y comprenden un período de cincuenta años, de los setenta en que estuvieron autorizadas las colonias romanas para esta acuñación.

17 Las familias Papiria, Decia, Marcia, Placidia, Terencia, Manlia, Petronia, Julia, Sextia, Caelia, Æmilia y Papia.

18 Elche ha consignado estas iniciales en su escudo de armas. El que primero usó sólo tenía una fortaleza; pero en el siglo XVII aparece este emblema en la mitad superior del balsón, y en la de la punta el ara que se ve en las monedas illicitanas dedicadas á Tiberio, y á sus lados las letras C. I. I. A. Alicante las pone también en su escudo, según queda dicho en el capítulo anterior.

19 Dos Epístolas-decretales del Papa Hormisda, fechas de 517 y 519, citan a un obispo de Illce, llamado Juan. En los concilios de Toledo IV, V y V aparece la firma de Serpentino, obispo también illicitano; en el VII, VIII, IX y X, la de Winibal; en el XII, XIII y XIV, la de Leandro; en el XV la de Emilla, y en el XVI la de Eppa. Fácilmente se explica porqué no figuran los obispos de Illici en los tres primeros concilios de Toledo: aquella ciudad no pertenecía entonces á la monarquía visigótica; formaba parte de los dominios que tenían en España los emperadores de Bizancio. Suintila arrojó de España á los imperiales en el año 625, y en el Concilio IV toledano, celebrado en 633, aparece ya el obispo de Illici. En el Concilio VII el que lo era entonces firma Winibal, Dei miseratione, Ecclesiæ Illicitanæ, qui et Etolanæ Episopus. El obispado de Elo había sido hasta entonces deistinto del de Illici, y sin duda en esta época se unieron, pues no vuelven á figurar los de aquella diócesis en los Concilios toledanos.

20 Pertenecen estos terrenos al doctor Campello, médico y persona muy principal de Elche. Estaban casi incultos, y él los ha roturado, construyendo á la vez la alquería. El doctor Campello está casado con una hija de Aureliano Ibarra, el historiador de Illici.

21 Entre las pocas inscripciones romanas que se conservan en Elche, las más interesantes son dos lápidas que se empotraron en los muros de la casa de la Villa: una de ellas está dedicada a Augusto, y es la que cita Escolano. En tiempos de este historiador estaba en la plaza de la Merced, y después, por acuerdo del Consejo, fué colocada en la Casa municipal. La otra lápida está dedicada á Tito Statilio Tauro, general tres veces, cónsul dos y propretor de la España Citerior (versión de Hubner). De este personaje, coetáneo de Augusto, se guardó memoria en Roma por haber construido en aquella ciudad el primer anfiteatro, sobre cuyas ruinas se alza hoy el palacio de Monte Citorio. También se empotraron en los muros de la Casa de la Villa dos fragmentos de una colosal estatua de mármol.

22 Don Cristóbal Sanz de Carbonell, que vivía a principios del siglo XVII, y cuya historia manuscrita de las antigüedades de Elche cito en una nota anterior, dice así: «Hállanse en este término vestigios antiguos asolados, que dan demostración de su grandeza y de ser de tiempo de romanos. Como á un cuarto de legua y tiro de arcabuz se ven arruinados vestigios en la partida de la Alcudia, que fué grande lugar, y yo le tengo andado y medidas sus murallas, como hoy permanecen, con pedazos de paredones, que tienen de circuito y redondez dos mil y veinte pasos, hecha de cal y canto, y en muchas partes tan alta, que no se puede entrar ni subir. En lo alto de estas ruinas y loma de edificios, que sobrepuja á los más altos olivares que tiene alrededor, hay ciento y treinta y dos tahullas de tierra pedregosa, con algunos árboles, la cual se cultiva de poco tiempo á esta parte, y se coge en ella trigo, cebada y barrilla. Aquí se descubren y hallan vasos, pilastras, frisos, cornisas y pirámides muy labradas, y otras cosas memorables y antiguas de tiempo de romanos.» (Pág. 127).

23 Tiene 514 metros de largo y 236 en su mayor anchura, según la medición del señor Ibarra.

24 En 1861, haciendo excavaciones el señor Ibarra en un huerto de palmeras y granados, de la partida de Algorós, descubrió vetustos paredones, restos de un edificio romano, pavimentado con preciosos mosaicos. Entre éstos había uno muy artístico que representa á Galatea. Una comisión de la Academia de la Historia visitó aquellas ruinas, sobre las cuales escribió una monografía el señor Amador de los Ríos, por encargo de la Comisión de Monumentos. Para conservar aquel mosaico se construyó una caseta, costeada por dicha Academia y por el Ayuntamiento de Elche. Al año siguiente continuó sus exploraciones el señor Ibarra y halló los restos de otro edificio, más grande y mucho más suntuoso, con diez ricos pavimentos de mosaicos, restos de otros mosaicos, capiteles, frisos y otros fragmentos de rica ornamentación de diferentes mármoles, una estatua mutilada de Mercurio, y otras dos representando sin duda el Amor, que están hoy, como toda la colección de antigüedades del señor Ibarra, en el Museo Arqueológico Nacional. La mayor de estas estatuas es un niño alado, dormido sobre una piel de león. Descansa la cabeza sobre una maza; apoya la mano derecha en una antorcha apagada, y con la izquierda sostiene la cabeza. La otra estatua parece copia de la anterior; tiene la maza en la mano, la aljaba bajo la cabeza, y á la espalda un arco. Las dos tienen á los pies un pequeño lagarto, símbolo del silencio. El señor Ibarra hizo muchas gestiones para que se conservasen también los preciosos mosaicos de este destruído edificio; pero no pudo lograrlo; y el dueño del huero lo destruyó para mejorar su cultivo. En agosto del presente año 1899, don Pedro Ibarra, hermano del difunto don Aureliano, ha encontrado otros hermosos mosaicos en la misma zona de la Alcudia. Cavando el terreno para convertirlo en viñedo, apareció la planta de un suntuoso edificio romano. Los cavadores destruyeron un piso de mosaico, con lacerías y grecas azules sobre fondo blanco, y otro de forma circular con una estrella en el centro. Otro tercer mosaico pudo salvarse por la intervención del señor Ibarra: es de los llamados pavimentum vermiculatum, y en el rosetón central hay figurados un perro persiguiendo á un conejo. En la cenefa del rosetón hay pájaros de vivos colores. Pero lo más interesante es que este pavimento tiene en uno de sus ángulos la siguiente inscripción: Inh predi—vivas cum—tuis omnib—multis an—nis. «En este predio vivas con todos los tuyos muchos años.» Del grado de perfección de la obra y de las monedas halladas en la misma finca, deduce el señor Ibarra que este mosaico data de fines del siglo III.

25 En el Museo Arqueológico Nacional hay algunas joyas propias de la época visigoda encontradas en Elche, entre ellas, algunos zarzillos (inaures), collares ó gragantillas (torques), cadenillas, sortijas y una pulsera, que revelan el mismo arte, composición y dibujo de las famosas coronas de Guarrazar. Ocupóse de estas joyas don José Amador de los Ríos en su obra titulada El arte latino-bizantino y las coronas visigodas de Guarrazar.

26 El semblante grave y simpático forma vivo contraste con el extraño lujo de los adornos. Los cabellos están enteramente ocultos por un tocado suntuoso y complicadísimo. Ciñe la frente un velo, cuyo borde forma cuatro pliegues muy apretados, y corre por encima de una armadura fijada en los cabellos muy atrás, parecida á las altas peinetas que llevaron nuestras campesinas. Esta armadura interior da al velo la forma de una tiara rebajada. Una doble cinta que rodea la cabeza por detrás, mantiene fijo el velo. En él, sobre la frente, hay cosidas tres series de perlas ó avalorios. Por detrás el velo cae formando pliegues rectos. Dos enormes discos de orfebrería, en forma de ruedas caladas, están fijados á un lado y otro de la tiara, cubriendo enteramente las orejas, sobresaliendo de las sienes y formando una especie de nicho para guardar el rostro. Están unidos por medio de una doble cinta que se cruza en la parte superior de la cabeza sobre las filas de perlas. Entre los discos y las sienes, para atenuar sin duda el duro roce de estas ruedas metálicas contra la carne, se interponen dos placas delgadas cortadas en volutas, de las que penden ligeros caireles. El vestido se compone de tres piezas: la camisa, que es la más interior; luego una túnica plegada, y encima un manto puesto sobre los hombres, que por detrás sujeta los pliegues del velo, y por delante cae en simétricos zig-zags. Este manto se abre sobre el pecho y deja ver un triple collar de gruesos avalorios. De las dos primeras rastras cuelgan pequeñas ampollas, y de la tercera una especie de saquitos, que tal vez contendrían amuletos. El rostro, el tocado y el traje conservan señales de pintura polícroma, y parece que toda la superficie de la piedra haya sido ligeramente colorida por una especie de patina de color gris rosáceo. Solamente el color rojo aplicado á los labios, al velo de la tiara, y á la túnica en el pecho, se conserva bien. El iris de los ojos fué ahondado para recibir sin duda una materia colorante, que ha desaparecido. Su cavidad se llena de sombra bajo la arcada de sus largos párpados, dándoles una mirada enigmática.

27 Esta fué la primera suposición de don Pedro Ibarra, que dió cuenta del interesante hallazgo en la prensa de Alicante y después en La Ilustración Española y Americana. El dibujo que publicó este periódico hizo que se fijase la atención de las personas ilustradas en tan precioso resto histórico, y comenzaron desde luego los estudios y las controversias de los arqueólogos.

28 Los terrenos de la Alcudia pertenecen, como queda dicho, al doctor Campello, yerno de don Aureliano Ibarra. Cuando se descubrió el busto á que me refiero, tenía que cobrar del Ministerio de Fomento una cantidad por la venta de la colección arqueológica de su suegro. Demorábase el pago, y parece que esto le contrariaba. Dió la casualidad de haber llegado aquellos días á Elche, con objeto de ver las fiestas de la Asunción, M. Pedro Paris, entendido arqueólogo, profesor de la Facultad de Letras de Burdeos y redactor de la Illustration de Paris. Vió el busto, comprendió en seguida su importancia, pidió y obtuvo por telégrafo el encargo de adquirirlo para el Museo del Louvre, y después de algún regateo, lo compró por cuatro mil francos. En aquel Museo se halla colocado en sitio muy principal de la sección de antigüedades Orientales, sala denominada de la Apadana de Xerxes.

29 La Dama d'Elche au Musée du Louvre, par Pierre Parism professeur à la Faculté des lettres de Bordeaux, directeur de l'école municipale des Beaux-Arts, Bordeaux, 1899.

30 Una de las cuatro fuertes torres de los ángulos de esta muralla estaba donde se halla hoy la Lonja. De allí seguía el muro por la acera norte de la Corredera, hasta la esquina de la calle que se llamaba del Trinquete y ahora del Casino, donde se levantaba otra torre. De allí corría en línea recta hasta la Calahorra. Torcía luego hacia el palacio señorial, donde estaba la cuarta fortificación, y el cuarto lienzo iba de aquel punto á la Lonja. Pocos restos árabes se conservan en Elche, fuera de la Calahorra. En el convento que fué de la Merced, y ahora de religiosas clarisas, pueden verse aún los baños que tenían allí los moros. Hay una curiosa reliquia del arte arábigo en una modesta casa de la calla de Albado, que ocupa ahora una familia de alpargateros; se han conservado en ella entre las vigas del techo unos casetones decorados con dibujos é inscripciones coránicas. Don Pedro Ibarra ha sacado calcos y fotografías de ellos, sometiendo éstas al estudio de don Eduardo Saavedra. El docto arabista traduce de este modo la incripción que corre por el borde de todos los cuadros, á manera de orla: «Me refugio en Dios contra Satanás el apedreado. En el nombre de Dios clemente y misericordioso. Bendiga Dios á nuestro señor y dueño Mahoma, su familia y amigos, y salúdele.» Uno de los casetones no tiene dibujos en el centro, como los demás, sino otra transcripción, que vierte así el señor Saavedra: «Acude á la oración y no seas negliegente; porque Dios está con los que son piadosos y hacen buenas obras.–- Lo ejecutó el honrado maestro Abudiá Cirach, hijo de Zalema, terminándolo el año 912.» (1506 de nuestra Era). El Archivo, tomo IV, pág. 121.

31 El rey Don Jaime, en su Crónica, ya da ese nombre á este castillo. Puede muy bien deducirse de las palabras árabes calat (castillo, fortaleza), y horra (libre, franca, ó más bien forana, salediza). Pero la ciudad, que se llama también Calahorra, no debe su nombre á los árabes: es de época anterior, y su denominación actual viene de la antigua Calagurris.

32 La Calahorra perteneció á los señores de Elche, condes de Altamira. En 1852 se la compró don Francisco Estrada, quien hizo donación de ella al marqués de Lendínez, al casar éste con una hija suya en 1871.

33 En el Archivo de la catedral de Valencia, sección de pergaminos, 0567, se guarda original el acta de las treguas ajustadas en el sitio de Elche, á 25 de Julio de 1296 entre Don Jaime II y el infante de Castilla Don Juan Manuel. Aún conserva este documento 39 sellos de los 43 que debía tener.

34 El pleito de reducción de Elche y Crevillente á la Real Corona, comenzó en 1574 y terminó en 1697. El marquesado de Elche pasó, poco después, de la familia de Cárdenas á la de Ponce de León, duques de Arcos. En 1780 se extinguió también la descendencia masculina de esta familia, pasando el señorío de Elche al marqués de Astorga, conde de Altamira. Hoy el título de marqués de Elche ha caducado, y no figura ya en la Guía oficial de España.

35 Después de la reconquista, los cristianos fortificaron mucho á Elche, hasta el punto de ser considerada como una de las mejores plazas del reino. La muralla, que seguía la misma dirección de la de los moros, tenía foso y barbacana para la defensa de éste; estaba defendida además por ocho torreones levantados en los ángulos y en los puntos más estratégicos, y diez y seis torres más pequeñas. La barbacana del foso tenía también ocho torretas. El castillo de Calahorra defendía la entrada de la villa por la parte de Alicante.

36 La industria principal de Elche ha sido siempre la cañamera. En estos últimos tiempos ha adquirido gran incremento la confección de alpargatas finas.

37 La Academia Bibliográfica-Mariana de Lérida propuso por tema para el certamen de 1886 la historia de esta imagen. Ganó el premio don Javier Fuentes y Ponte, cuya obra se publicó al siguiente año en aquella ciudad con el título de Memoria histórico-descriptiva del Santuario de Nuestra Señora de la Asunción en la ciudad de Elche. Es una reseña muy extensa y muy minuciosa, en la cual no se trata sólamente de la imagen, del templo en que se venera y de la famosa fiesta, sino también de la historia y descripción de aquella ciudad, de modo que puede considerarse como una completa crónica illicitana; pero no se recomienda por su criterio histórico ni artístico.

38 Así relata estos sucesos el P. Juan Villafañé en su obra de las Imágenes de la Santísima Virgen en España, en la cual se consignan como ciertas todas las leyendas inventadas por la piedad y la fantasía de los tiempos medioevales. En comprobación de aquella historia, se dice, que por orden de las autoridades, un notario llamado Guillem Gamir hizo una información sobre la misteriosa aparición de la Virgen, y que el pergaminó aquel se depositó en la Casa de la Villa, pero no hay dato alguno que lo compruebe.

39 Trazó los planos y comenzó las obras el arquitecto don Francisco Verde.

40 Era muy alto aquel templete y hacia que la torre se divisase á seis leguas de distancia. En la Nochebuena de 1792 subieron lumbre los campaneros para calentarse, produciendo el incendio que lo destruyó.

41 Esta cama, de ébano y plata maciza, fué traída de Portugal y regalada, á mediados del siglo XVIII, por don Gabriel Ponce de León, duque de Baños.

42 Según antigua costumbre, que aún se observa, el portaestandarte ha de pertenecer á la nobleza. En el cargo de electos alternan, por años, los nobles y los abogados.

43 Los niños que hacen de ángeles visten túnica amarilla y banda carmesí; llevan corona de flores.

44 La elección de los niños cantores de la fiesta se hace mediante públicos ejercicios (prova) el día 10 de Agosto en el salón de la Casa Consistorial. Los niños cantores son dos: uno de ellos representa la Virgen y el otro el Angel.

45 Para muestra del lenguaje y la versificación copiaré una de las primeras escenas. «El Angel (Desde la mangrana): Deu vos salve, Verge Imperial, —mare del Rey Celestial; —Jo eus port saluts é salvament —del vostre fill omnipotent. —Lo vostre fill, que tant amau, —que ab gran goig lo desijáu, —ell vos espera ab gran amor —per ençalçarvos en honor. —E diu que al terç jorn sens duptar —ell ab siu eus vol appellar —dalt en lo regne celestial —per Regina Angelical. —E manám que us la portás —aquesta palma y eus la donás, —que us la fassáu davant portar —quan vos porten a soterrar. María: Angel plahent é illuminós —si gracia trob jo davant vos, —un do vos vull demanar, —prec vos no m'el vulláu negar. —Ab mon ser, si posible es, —ans de la mia fi jo vees, los Apóstols açí juntar —per lo meu cos á soterrar. Angel: Los Apóstols açí seran —y tots ab breuetat vindran, — car Deu, qui es omnipotent —los portará soptosament. —Y puig, Verge, ho demanau —lo etern Deu diu que li plau, —que sien açí sens dilació —per vostra consolació.» Todas las escenas de este drama sacro son cantadas, sin haber en ellas recitado alguno. La metrificación es casi toda ella en la misma forma de los versos anteriores. Casi todos son de nueve sílabas, pero también hay algunas estrofas de versos octosílabos.

46 Se ha suprimido otra escena, que tenía un carácter grotesco más acentuado y muy propio de la literatura medioeval. Cuando los Apóstoles estaban celebrando los solemnes ritos del entierro, venía por el corredor un tropel de judíos, haciendo visajes y aspavientos, para robar el cuerpo de la Virgen. San Pedro y San Juan salían á su encuentro y tras ellos los demás Apóstoles sacando los alfanjes. Echaban también mano á las armas los judíos; pero eran vencidos y pedían el bautismo. San Pedro los bautizaba; después, todos juntos, cantaban las alabanzas de María y asistían á su entierro con velas encendidas. Esta escena se llamaba la judiada.

47 El marqués de Molins habló con entusiasmo de la Festa de Elche en su discurso de recepción en la Real Academia de la Historia (1869); don Cayetano Vidal y Valenciano se ocupó de este drama con más detenimiento en unos artículos insertos aquel mismo año en el Diario de Barcelona, é incluídos luego, con el texto de la Consueta, en el toma VI de las Obras completas del doctor don Manuel Milá y Fontanals (Barcelona, 1895); el señor Fuentes y Ponte, en su ya citada Memoria histórico-descriptiva del Santuario de Nuestra Señora de la Asunción en la ciudad de Elche, insertó también aquel texto, pero con notorias incorrecciones; lo depuró, compulsando antiguos ejemplares, el señor Chabás y lo publicó en El Archivo (tomo IV, pág. 204); lo incluyó también don Adolfo Herrera en el Boeltín de la Sociedad Española de Excursiones (1896) con la música, y un sucinto estudio esta fiesta. Finalmente, el maestro compositor y erudito musicólogo don Felipe Pedrell, ha hecho un detenido análisis de esta ópera litúrgica y eruditas investigaciones sobre ella, dándolas á conocer en el Ateneo de Madrid (Estudios Superiores, curso de 1899-1900), y prepara la publicación de una obra dedicada á tan interesante asunto. En la Internationale Musikgesellchaft, de Leipzig, ha publicado un avance de estos estudios.

48 Consérvase un Libro Racional Mayor de la villa de Elche, formado por acuerdo del Cabildo municipal, que dice así en su primera página: «Motivos que esta ilustrísima villa tuvo para celebrar las fiestas de Nuestra Señora de la Asumpción, que tasladó Luis Soler Chacón en el año 1492 de el original que existía en los Archivos de ella, y que Cristóbal Sanz de Carbonell, subsíndico, havía sacado á la luz de los papeles que se hallaron de Francisco Castells de Orquis, síndico que fué en el año 1353.» Dice esta relación que en el año 1265 el rey Don Jaime venció á los moros y ganó la villa de Elche los día 14 y 15 de Agosto, y que por esta victoria se acordó celebrar las fiestas de la Asunción todos los años; pero era llegado Mayo de 1266 y aún no se habían decidido los cultos; entonces se realizó la milagrosa venida de la imagen de la Asumpta, y dentro del arca en que estaba encerrada, hallóse también escrito cómo se había de celebrar la Muerte y Asunción de Nuestra Señora. No se puede prestar fe á estas noticias, porque no hubo tal batalla ni victoria para la toma de Elche; la aljama abrió las puertas á Don Jaime sin resistencia, mediante tratos, en los cuales tuvo buena parte el soborno de los moros principales. La entrada del ejército cristiano no fué el día que indica el libro Racional, sino en 20 de Noviembre. El culto y las fiestas de la Asunción de Nuestra Señora se explican bien por la devoción del Rey Conquistador, que daba aquel título á casi todas las iglesias fundadas por él.

49 Tomó este acuerdo el Consejo de Elche el 11 de Marzo de 1609. Consta en él que, por falta de fondos en la Cofradía de la Asunción, era difícil encontrar mayordomo para la fiesta, la cual iba decayendo; que había dejado de celebrarse dos años, uno por la muerte del marqués don Bernardino de Cárdenas, y otro por la del infante Don Carlos, hijo del rey; que aquellos dos años hubo pedriscos asoladores; y que, para impedir estos daños, se había de celebrar la fiesta, sin excusa alguna, por cuenta de la villa, estableciendo, para sufragarla, ciertas sisas, de acuerdo con sus señores los marqueses. El obispo de Orihuela, don Bernardo Caballero de Paredes, prohibió esta fiesta, y el Consejo de Elche apeló de aquella orden, llevando el asunto á Roma. En el archivo municipal se conserva el traslado auténtico de la sentencia dictada en la Curia romana á 3 de Febrero de 1632, librado el 24 de Mayo á instancias de Francisco Sempere, síndico procurador de dicho Consejo. En virtud de aquella sentencia (Letras apostólicas) se ampara á la comunidad y hombres de Elche en la posesión quieta y pacífica de celebrar y solemnizar la festividad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María con representaciones y canciones, según costumbre de su patria aún observada, tanto en el mismo día de la citada festividad como en su vigilia, en cuya posesión habían sido molestados por el Obispo de Orihuela, mandando amonestar a éste y á cualquier otro para que en el perentorio término de seis días, y bajo la pena