TEODORO LLORENTE
"Valencia. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia"
Capítulo XXI: ELCHE
¡Elche! Al oir este nombre, parece que una ráfaga
de poesía nos orea el espíritu, y avivando la imaginación,
nos hace ver en lejanías espléndidas las alegres
costas de Argel y de Trípoli, los pintorescos oasis del
desierto, las playas arenosas de Alejandría, las floridas
llanuras de Damasco, todo el Oriente, con la hermosura y la doble
majestad de la naturaleza y la historia. Hasta aquellos que nunca
estuvieron en esta población tan nombrada, participan de
estas fantasías, por la idea que todos tenemos de ella:
una ciudad en medio de un inmenso bosque de palmeras; ¿puede
darse cuadro más interesante, encantador y sugestivo?
Es la palmera un árbol de belleza excepcional; el
buen Linneo, que era doctísimo, pero tenía poco
de poeta, se dejó arrastrar, sin embargo, por el atractivo
de su regio aspecto, y llamó á la familia de las
palmas príncipes de los vegetales. La que aquel sabio denominó
Phoenix dactilifera, casi la única que conocemos
los europeos,1 merece dicho título más que
ninguna otra. Cual si desdeñase a los demás árboles,
eleva sobre todos ellos su fuste atrevidísimo, erguido
y recto, como una columna, y abre allá arriba, en la región
de los aires, su penacho de flexibles ramas, dosel siempre verde,
que guarda los abundantes racimos de sus frutos, dorados por el
sol. Admirable es la variedad de gallardas formas que el Hacedor
Supremo dió al mundo vegetal, como á todas sus obras,
concertando la belleza con las demás condiciones del fin
para que fueron creadas; pero parece que, al formar la palmera,
el fin estético se sobrepuso á todos en su divina
mente. Por eso, allí donde se levanta una sola palmera,
ella ennoblece el paisaje más vulgar; por eso, la palma,
desde remotos tiempos, es símbolo de triunfo y de gloria:
como el mejor emblema, lo ha puesto el artista en manos del guerrero,
del mártir y de la virgen.
¿Quién trajo a España ese árbol
tan precioso? Los moros, contesta la creencia vulgar, apoyada
en una leyenda árabe, aceptada y repetida por el historiador
Conde.2 Cuéntase que Abde-r-Rahmán, el primer
califa de Córdoba, plantó en la Rusafa (jardín)
de su palacio, una palmera, con cuya vista se deleitaba, y á
la que consagró sentidos versos. «Aquella palmera,
añade Conde, era entonces única, y de ella procedieron
todas las que hay en España». Olvidaba ó
lo desconocía este escritor que una palmera sola no puede
fructificar para reproducirse.
Otros historiadores repitieron la leyenda de la palmera
de Abde-r-Rahmán, y quedó sentado, hasta por los
tratadistas agronómicos,3 el origen árabe
de este árbol en España. Error inexcusable era aquél,
pues su existencia en tiempo de los romanos quedó consignada
por autoridad de tanto peso como Plinio el Viejo. Dice este geógrafo
que había palmeras en Italia; pero eran estériles.
Añade que en la parte marítima de España
daban fruto, aunque no bien sazonado; en África, su fruto
era dulce, pero se corrompía pronto: en Oriente lo aprovechaban
para hacer vino, y en algunos puntos pan; también para
pasto de bestias.4 San Isidoro cita igualmente las palmeras,
con gran elogio, diciendo que aunque las hay en muchos puntos,
no en todos fructifican.5 Hasta aquí los datos históricos;
no nos dan más luz. Introdujo sin duda la palmera en España
algunos de los pueblos de origen oriental que en lo antiguo lo
colonizaron: probablemente los fenicios; y es posible que fuese
en Elche donde se procuró por primera vez su cultivo, pues
aquí tuvo aquel pueblo navegante una estación comercial.
Hoy se ha extendido mucho como árbol de adorno; plántase
en todas partes donde el clima lo consiente. Barcelona ha logrado,
á costa de grandes dispendios, embellecer con ellas su
paseo de Colón; ya hemos visto en Alicante, y veríamos
en Almería, si allá fuésemos, adornados sus
puertos de igual modo; y en los naranjales de las riberas del
Júcar, los airosos grupos de palmeras contribuyen de un
modo principalísimo á la hermosura de aquellos vergeles.
Pero una llanura extensa poblada por ese rey de los árboles,
huerto y bosque á la vez, eso no se ve en Europa más
que yendo á Elche, y justifica el viaje para el turista
más exigente y descontentadizo.
Hoy es cómodo y breve desde Alicante, gracias al
ferrocarril que va á Murcia. La estación de partida
está situada en la playa, que es por esta parte baja y
arenosa. El tren sigue largo trecho la orilla del mar: en algunos
puntos parece que las olas vayan á lamer sus ruedas. Cruza
después terrenos secanos, en los que sólo crecen
algunos sobrios algarrobos, hasta llegar á la estación
de Santa Pola. Este pueblo no se ve: está lejos, bastante
lejos, y ni siquiera hay camino para ir a él. No lo necesitamos
nosotros: salvamos las distancias, como salvamos también
las edades (para algo nos ha de servir la imaginación),
y al ver el mar, terso y brillante, resguardado de los vientos
del Norte por un cabo montañoso, y enfrente la isla Planesia
de los romanos, como una garraba enorme anclada en seguro puerto,
fantaseamos que llegan á las playas ibéricas las
galeras fenicias y echan á tierra su tripulación
en este punto favorable para los atrevidos colonizadores, que
establecieron su centro en la cercana ciudad de Illici. Del antiquísimo
puerto illicitano, perdiéronse los vestigios.6 En
los siglos medios llamábase Port del Aljub (del Aljibe),
y no tenía más defensa que una torre en aquella
isla, denominada entonces de Santa Pola.7 Amenazados de
continuo por los piratas africanos, no pudieron tener seguridad
sus pobladores, hasta que á mediados del siglo XVI se construyó
y armó en la costa con buena artillería el actual
castillo.8 Elévase éste á la lengua
del mar; pero las aguas se han retirado mucho, y hoy está
en el centro de la villa, que ha crecido bastante.9
Desde la estación de Santa Pola el ferrocarril se
inclina más hacia Poniente, y sigue cruzando terrenos áridos
y despoblados. Pero cuando el viajero empieza á cansarse
de esta monotonía, surgen olivos á un lado y otro,
formando en algunos puntos frondosa arboleda, más semejante
á selva que á plantío. El árbol de
Minerva, con su pálido follaje, nos hace pensar en algún
bosque sagrado de la antigua Grecia. Extiéndese mucho el
olivar; al cabo se aclara, alternando con huertas de lozano verdor,
y en ellas aparecen ya las palmeras, aisladas primero, en grupos
ó en las filas después; formando luego verdadero
bosque. Por las ventanillas de los coches no se ve más
que la desordenada é interminable columnata que forman
sus erguidos mástiles. Parece que el tren se haya perdido
en algún oasis del Sahara y que va á estrellarse
contra los duros y ásperos troncos. Pero se abre camino
entre ellos silbando y rugiendo, hasta que, saliendo á
un claro de aquella fantástica espesura, se detiene ante
la estación de Elche. No pudiera hallarse ésta mejor
situada. Rodéala el palmeral casi por completo, dejando
sólo abierto el sitio donde á muy corta distancia
agrupa la populosa villa su caserío, sobre el qual se levanta
la famosa iglesia de Santa María, con su torre cuadrada,
su grandiosa cúpula peraltada, de resplandeciente azul,
con filetes de oro, y la mole, cuadrada también, de la
arábiga Calahorra.
Elche es la Illici de los fenicios, los griegos y los romanos:
dícelo a voces su propio nombre, que, á través
de las modificaciones sufridas, conserva siempre su primitiva
radical,10 y lo confirma el estudio de los textos antiguos.
Contra los autores que disputaban esta identidad, dictó
en el siglo pasado sentencia, á mi ver definitiva, el docto
don Juan Antonio Mayans, en un libro repleto de erudición
copiosa y algo machacona, propia de la escuela criticista, de
que era jefe su ilustre hermano don Gregorio.11 En el siglo
actual ha confirmado la sentencia otro investigador incansable,
don Aureliano Ibarra, hijo de Elche y colector celosísimo
de sus antigüedades.12 Aquella Illici, de origen ibérico
indudablemente, la encontraron ya poblada los mercaderes de Tiro
y de Sidón cuando arribaron á estas costas;13
en ellas establecieron el puerto que, del nombre de la antigua
ciudad, llamóse illicitano y tal importancia llegaron á
tener ciudad y puerto, que dieron también su nombre, Sinus
illicitanus, al extenso golfo abierto entre el promontorio de
Diana (cabo de San Martín) y al de Saturno (cabo de Palos).
¿Fué esa misma Illici la ciudad belicosa que, alzándose
en armas contra los cartaginenses, motivó la derrota y
la muerte de Hamílcar?14 También falla este
pleito á su favor el señor Ibarra con buenas razones,
aunque no tan convincentes como las del otro litigio. Diodoro
Sículo es el único autor antiguo que da nombre á
aquella ciudad: la llama Helice, y no constando que hubiese en
España población así nombrada, puede deducirse
que se refería á Illici. Contradecía esta
versión la idea de haber ocurrido aquellos sucesos después
de pasar Hamílcar el Ebro, y el haber supuesto algún
escritor antiguo, aunque no coetáneo de los sucesos, que
en este río se ahogó aquel famoso general. Hoy se
duda que este traspusiese el Ebro, y como prevalece también
la versión de que Acra-Leuca, donde se refugiaron los cartaginenses
vencidos, es Alicante, aumentan las probabilidades de que fuese,
en efecto, Illici la ciudad que tan valerosamente rechazó
el ataque de Hamílcar, soltando contra el ejército
sitiador las carretas con los bueyes enfurecidos por los haces
de paja embreada que ardían en sus astas. Cara arrogancia,
porque Hasdrubal vengó la muerte de su cuñado, saqueando
la ciudad rebelde y pasando á cuchillo á sus habitantes.
Illici fué una de las ciudades españolas
más favorecidas por Roma. En el territorio de nuestro antiguo
reino, ella sola y Valencia tuvieron el carácter y la categoría
de colonias romanas. La illicitana llevó los honoríficos
dictados de Julia y Augusta, y obtuvo un privilegio ventajosísimo,
que sólo alcanzaron otras cinco colonias en la Península
Ibérica: fué inmune, es decir, libre de todo tributo
para Roma, y disfrutó el llamado Jus Italicum. Además,
eran tributarios suyos los icositanos, pueblo cuya actual equivalencia
no se ha podido fijar con precisión.15 Acuñó
moneda en los tiempos de Augusto y de Tiberio, en que las colonias
tuvieron ese precioso derecho;16 y tanto en los nombres
de los decumviros inscritos en ellas, como en algunas inscripciones
funerarias, quedó consignado el recuerdo de muy ilustres
familias romanas, establecidas en Illici.17 Algunas de
aquellas monedas llevan en el reverso un templo consagrado á
Juno, y otras una ara dedicada á Tiberio: todas, las iniciales
C. I. I. A., Colonia Iulia Illici Augusta.18 También
se ven en estas monedas los atributos de las fuerzas militares
que poblaron la colonia, el águila de las legiones, las
insignias manipulares de las cohortes y el vexillum de la caballería.
En una de las dedicadas á Tiberio hay dos águilas,
dando a entender que dos legiones contribuyeron á la población
de la colonia illicitana.
Es natural que al extenderse el cristianismo por España,
ciudad tan importante fuese cabeza de un obispado. La obscuridad
que reina en los orígenes de las iglesias españolas
no permite señalar cuándo se erigió la sede
episcopal de Illici, ni seguir su historia.19 A principios
del siglo VI hallamos la mención de un obispo illicitano,
y luego los nombres de otros, que firmaron las actas de los concilios
de Toledo. Tampoco sabemos cuándo concluyó este
obispado: consta que se conservó algún tiempo después
de la conquista de los árabes. En el año 862 se
reunió en Córdoba un concilio para juzgar á
un abad, contra quien pesaba una acusación. Uno de los
prelados presentes fué Theudegusto, que firmaba Pontifex
illicitanus. Este es el último dato que nos ha conservado
la historia de los obispos de Illici. Acabó con ellos sin
duda la viva hostilidad en que se trocó la primera tolerancia
de los sarracenos con el culto cristiano.
De la ilustre colonia romana, de la sede episcopal visigótica,
¿queda algún vestigio en estos alegres campos? Sí;
mas, para buscarlos, hay que apartarse de la población
actual. Salgamos de ella, por la parte de Mediodía, y sigamos
la carretera de Dolores. Por aquella parte, los huertos de palmeras
no forman espesura; surgen aislados, á un lado y otro del
camino, alternando con tierras de sembradío y plantaciones
de granados. A los dos kilómetros del camino, y á
mano izquierda, el terreno se eleva ligeramente. Aquello es la
Lloma, la Alcudia de los árabes, que aún conserva
también este nombre, de igual significado. Muy cerca de
la carretera se ve en aquel terreno una alquería, nueva
y blanca, con u rótulo que dice Villa Illici. Con este
pomposo título ha querido recordar el dueño de la
heredad20 los gloriosos y desvanecidos timbres históricos
de aquella meseta de tierra pobre, seca y pedregosa donde el arado
tropieza á cada paso. ¡Tropieza con los restos de
la ilustre colonia romana! La vulgar Lloma es su tumba. El abundante
casquijo, que esteriliza los campos, fórmanlo tiestos de
vasijas, escombros de edificios, añicos de marmóreos
monumentos, los despojos informes de la historia, el polvo de
los siglos. Para los vecinos de Elche, en cuyas cercanías
no abunda la piedra de construcción, la Alcudia ha sido
una cantera providencial. Durante algunos siglos extrajeron de
allí materiales para sus obras. Sacaban á veces
piedras con letreros, fragmentos bien labrados, estatuas destrozadas,
monedas y otros objetos. Guardábanlos algunas personas
curiosas; pero la mayor parte eran abandonados, y al cabo casi
todos se perdían.21 A principios del siglos XVII
aún se mantenía en pie buena parte de la muralla:22
hoy todavía quedan suficientes restos de ella para marcar
el circuito de la arrasada población. En el punto en que
mejor se conserva aquel muro, hay, á trechos iguales, tres
torres semejantes á las que se ven en los de Pompeya.
Para una ciudad de la importancia de Illici, era pequeño
aquel recinto:23 limitaba sin duda el Arx, la parte fortificada,
extendiéndose por fuera los suburbios. En nuestros tiempos,
el genio de aquellas devastadas ruinas se encarnó en el
mencionado arqueólogo don Aureliano Ibarra. Su libro sobre
Illici diseña y explica el resultado de las anteriores
y de sus propias exploraciones: en él vemos dibujados y
descritos monedas, camafeos, objetos de cerámica con marcas
y nombres de muschísimos alfareros; inscripciones, relieves,
estatuas, mosaicos, planos de edificios; las diversísimas
reliquias de una civilización grandemente artística,
y de una ciudad rica y opulenta. Pero no sólo en la Alcudia
existen estos restos: los mejores hallazgos del señor Ibarra,
los obtuvo á distancia de más de un kilómetro
hacia Poniente. Encontró allí enterrados los restos
de edificios suntuosos, con gran riqueza de mármoles muy
bien labrados, algunas estatuas interesantísimas, etensos
y primorosos mosaicos. Algunos de éstos se conservan en
el mismo lugar; ¡lástima grande que otros, muy interesantes,
se hayan destruido!24
Pertenecían á la época romana todos
los objetos de arte hallados en las ruinas de Illici,25
cuando muy de reciente, se desenterró otro notabilísimo,
y cuya procedencia y antigüedad es muy cuestionable. En la
misma Alcudia, el día 4 de Enero de 1897, al trabajar un
campo, apareció un busto de tamaño natural, de piedra
arenisca, primorosamente esculpido y bien conservado.26
Al pronto se creyó que representaba al dios Apolo, y que
su singular tocado figuraba el carro del sol.27 Pero esto
era una extraña alucinación: el rostro es de mujer,
de notable belleza, más por lo expresivo que por lo correcto,
acusando un arte muy adelantado, y al mismo tiempo muy original.
¿Fué este arte indígena ó exótico?
Nótanse mezclados en él elementos griegos y orientales.
¿Cómo se verificó esta fusión? Mucho
discutieron sobre esto los arqueólogos, en España
y en el extranjero, desde que se conoció el que hoy es
llamado ya por todos El busto de Elche, y más desde que
el labrado bloque, desenterrado en la Alcudia, apareció
triunfante, como inestimable joya, en el Museo del Louvre, para
el cual fué adquirido, con disgusto de todos los que entre
nosotros se interesan por las glorias patrias.28
El sabio conservador de las antigüedades orientales
de aquel museo, M. Henzey, es quien mejor ha fijado, en mi concepto,
la filiación del busto de Elche. La ascendencia de esta
obra artística está en las estatuas del Cerro de
los Santos, en cuyos diversos ejemplares se observa el desarrollo
de una escultura ibérica, influída á la vez
por la tradición oriental (que trajeron probablemente los
fenicios) y por la cultura helénica. De aquella estatuaria,
marcadamente arcaica, procede el busto que se admira hoy en el
Louvre. M. Henzey ha colocado cerca de él una reproducción
de una de las imágenes más perfectas del Cerro de
los Santos, para que se note bien su semejanza y su difrencia.
Hállanse talladas éstas por el rudo cincel del escultor
hierático, que se sujeta á un patrón conocido:
adivínanse en aquélla la mano hábil y suelta
del verdadero artista, que obedece á su inspiración
personal; pero sin olvidar tradiciones de escuela. En este discutidísimo
busto, son de origen oriental el característico tocado
y la profusión de joyas que lo adornan; recuerda el arte
griego la fina ejecución del rostro y la vida que le ha
impreso el artífice afortunado, como también el
plegado de las ropas; y es evidentemente ibérico el tipo
del personaje representado, sea una princesa retratada, como han
deducido algunos del realismo de sus facciones, ó imagen
ideal, para lo cual se valdría el escultor de los modelos
que tenía á la vista. Hablando con doña Emilia
Pardo Bazán de su visita reciente al Museo del Louvre,
le pregunté qué le había parecido el busto
de Elche. La eximia escritora, que no presume de arqueóloga,
pero que está dotada de un perspicaz sentido de observación,
me contestó: «Me ha parecido... una valenciana.»
Esta es, en verdad, la impresión que produce, contribuyendo
á ello el oriental tocado, pues la mitra ó tiara
rebajada, sobre el cual corre el velo, hace el efecto de la característica
pinta, y los discos sobre las mejillas semejan los trenzados caragols.
Para concluir: la Dama de Elche, como la llama M. Henzey, ha venido
á demostrar, según este docto anticuario, la influencia
vivificadora de Grecia sobre un arte ibérico original y
potente.29
Si murió Illici de mano airada, trocándose
en fúnebre catafalco su trono de la Alcudia, ó fué
extinguiéndose paulatinamente, mientras allá abajo,
á media legua de distancia, iba formándose entre
los huertos de palmeras la población que había de
sucederle, está por averiguar. En tiempo de los moros,
Elche, á la que daban título de ciudad (Medina Elx,
la llama el Edrisi), ocupaba ya su actual emplazamiento. Fuertes
lienzos de muralla, obra de aquel tiempo, cerraban su recinto
cuadrangular.30 Tres de aquellos ángulos estaban
defendidos por torres, y el otro por un castillo, que aún
existe próximo á la iglesia mayor, y lleva su antiguo
nombre de Calahorra.31 Hoy está convertido en mansión
aristocrática, y su último poseedor, el marqués
de Lendínez, hombre de gustos exquisitos, lo llenó
de objetos de arte, entre los cuales hay antigüedades aquí
recogidas.32
A pesar de ser plaza fuerte, no resistió Elche á
los cristianos cuando llegó la hora de la reconquista.
Entró en el convenio hecho el año 1243 por el rey
de Murcia para su sumisión á Don Fernando el Santo
de Castilla, que la cedió á su hijo el infante Don
Manuel, con los lugares de Crevillente y Aspe, y el valle de Novelda;
y veinte años después, cuando se sublevaron los
moros del reino de Murcia, confiados en el auxilio de los de Granada
y Africa, Don Jaime I de Aragón, que acudió en socorro
de su yerno Don Alfonso el Sabio de Castilla, llegó con
su hueste hasta los muros de Elche; pero obtuvo sagazmente de
la aljama la pacífica entrega de la villa, que volvió
á la obedencia del rey castellano y al señorío
del infante Don Manuel. Los moros fueron arrojados de ella, y
establecidos en el arrabal, que ahora se denomina de San Juan,
donde tuvieron una de las morerías más ricas de
España. Ocuparon su lugar pobladores cristianos, entre
los que se contaban nobles familias de Castilla, Aragón,
Navarra y Cataluña. Esto dió mucha importancia
á la villa de Elche durante largo tiempo, porque las demás
poblaciones de aquella parte del reino, Aspe, Crevillente, Albatera,
Elda, Novelda, Monforte, Petrel, Cox y otras, estaban habitadas
por los moros y luego por los moriscos.
Elche perteneció á Castilla hasta la sentencia
arbitral de 1304, por la cual pasó a la Corona de Aragón.33
Estos monarcas, como los castellanos, la favorecieron con grandes
privilegios; pero los Reyes Católicos, de tan gloriosa
memoria para España, la dejaron muy mala en la ciudad de
las palmeras. Al concertar su casamiento, el rey Don Juan II dió
en dote á su nuera Doña Isabel de Castilla la villa
de Elche con el lugar de Crevillente, y esta princesa los traspasó
á su maestresala don Gutierre de Cárdenas, por sus
buenos oficios en el arreglo de la boda. Los illicitanos protestaron
contra aquel señorío de una casa, que ni siquiera
pertenecía á los Estados de la Corona aragonesa,
y sostuvieron empeñada resistencia, que cedió entonces
á la fuerza; pero renació con motivo de las Germanías,
acogiéndose los de Elche á la bandera popular contra
sus señores. Don Diego de Cárdenas, hijo de don
Gutierre, y magnate poderoso, adelantado mayor del reino de Granada
y primer duque de Maqueda, á quien el emperador Don Carlos
dió título de marqués de Elche, tuvo que
combatir con las armas contra esta villa, y hubo de retirarse
dejando ante los muros el cadáver de su hermano. Pero la
Germanía fué vencida, y los rebeldes tuvieron que
someterse á su señor. Cambiaron los tiempos; pero
no esta animosidad de aquellos descontentos vasallos. Un pleito,
que mucho después pusieron á los marqueses, duró
ciento veintitrés años, y lo perdieron también.34
Elche, derribados sus antiguos muros,35 y bastante
ensanchada, es hoy un pueblo muy grande, muy agricultor y algo
industrial,36 favorecido de reciente con título
de ciudad. En 1871, cuando el rey Don Amadeo fué á
Alicante á esperar á su esposa, que venía
de Italia, visitó estos amenos lugares, y al ver desde
el terrado de la iglesia de Santa María el bello panorama
de la población y su campiña, dijo: «Desde
este momento sea Elche ciudad.» Como aquel monarca,
de efímero reinado, subamos al terrado de Santa María,
porque no ver Elche desde lo alto, es no haberla visto. Sus casas,
que desde la calle pierden mucho carácter por los modernos
balcones, son, desde arriba, acabados tipos de construcción
árabe, con sus azoteas planas, sin una teja, y de color
ceniciento. Las calles tortuosas y los viejos castillos prestan
más carácter á aquel conjunto exótico,
y completa el cuadro el palmeral que por todos puntos rodea la
ciudad. Una zona triple de cultivo se extiende, como un anillo,
en torno de ella. primero, casi pegados á las casas, los
huertos de palmeras; después las huertas, cuya fresca lozanía
contrasta con el tinte obscuro de aquel bosque, y en último
término, los olivares, otro bosque de tonos pálidos
y grisientos: más allá, tierra campa y desnuda.
Desde este elevado mirador, se comprende lo que es un oasis del
desierto, al ver en las lejanías de tan frondoso vergel,
y en todas direcciones, terrenos amarillentos, secos, sin vegetación
alguna, que se extienden por muchos kilómetros, sin que
nada detenga la vista; sólo allá, á lo último
del horizonte, se distingue, al final de una carretera recta y
polvorienta, el caserío de Crevillente, blanco y con palmeras
también alrededor; y al lado opuesto se adivina el mar,
por la indecisa línea brillante que interrumpe y obstruye
la mole del cabo de Santa Pola.
Esta iglesia de Santa María, famosa en toda la provincia
de Alicante, es el principal monumento de Elche; y la extraña
fiesta que en ella se celebra el día de la Asunción,
drama litúrgico-musical de la Edad Media, único
en España y fuera de España que continúa
representándose dentro de los templos, contribuye á
una celebridad de la ciudad illicitana casi tanto como sus magníficos
palmerales.
La imagen de Nuestra Señora de la Asunción,
que en esa iglesia se venera, tiene una leyenda, que sus devotos
juzgan comprobada como un hecho histórico, aunque no hay
documentos justificativos de la piadosa creencia.37 Según
la versión más admitida, en la noche del 29 de Diciembre
del año 1370 (otros cronistas suponen que fué en
Mayo de 1266), un soldado llamado Francisco Cantó, que
era guarda de la costa, vió á la orilla del mar
un hombre, sentado sobre un arca grande. Díjole aquel hombre
al soldado que traía el arca para Elche, y puesto que iba
á caballo, le regoba que la llevase á la villa y
la dejase en la primera casa donde viese luz. Resistióse
el soldado, por no faltar á su obligación; pero
tanto instó el desconocido, que aceptó el encargo.
En aquel instante desapareció el mensajero, y Cantó,
cargando con el arca, la llevó á la villa. Hallábase
ésta completamente a obscuras: sólo había
luz en la ermita de San Sebastián, hospital entonces: dejó
allí la misteriosa caja, y al abrirla, hallaron en ella
una imagen de la Virgen, pobremente vestida, y unos papeles. Estos
papeles eran la consueta, es decir, la letra y la música
del drama religioso de la Asunción. En la tapa del arca
había un letrero, que decía: «Pera Elig».
En aquel hospital construyeron una capilla para la providencial
imagen, y añade la tradición que por dos veces quisieron
llevarla á la iglesia mayor y volvió milagrosamente
á su capilla, hasta que, á fuerza de rogativas,
se logró que permaneciese en aquel templo.38
Este ha sido varias veces reconstruído. La mezquita
de los moros sirvió á Elche de primera iglesia parroquial.
En 1334 fué derribada, para construir de planta otra, que
sólo duró hasta 1492. La fábrica que entonces
se hizo no era muy sólida: copiosas lluvias que hubo en
el año 1672, desplomaron su bóveda, y al año
siguiente comenzaron las obras del templo actual,39 en
las que los illicitanos quisieron hacer alarde de su religiosidad
y su largueza. Arbitraron toda clase de recursos para ellas, y
aún así, duraron más de un siglo, hasta el
año 1784, en que les dió remate el obispo de Orihuela
don José Tormo, gran protector de la villa de Elche.
La iglesia de Santa María, á la cual dió
aquel prelado el título de Parroquia insigne, es muy grande,
muy elevada, muy luminosa, construída toda ella de sillería
y siguiendo la misma traza de la colegiata de Alicante. En la
fachada que da á la plaza se abre la puerta principal,
de vistosa decoración, algo barroca, pero gallarda y magnífica.
Sobre la redonda puerta, un gran medallón de muy alto relieve,
representa la Asunción de la Virgen. A uno y otro lado,
sostienen el segundo cuerpo tres elevadas columnas, de capitel
corintio, y variados fustes: salomónico el uno; estriado
en espiral el otro, liso el tercero. Sobre el cornisamiento de
este cuerpo, se destacan las estatuas de los Apóstoles
San Pedro y San Pablo. En el nicho central del segundo cuerpo,
de análogo diseño, está la del Patriarca
San José. A un lado de esta portada se eleva la torre,
que es cuadrada y de severa traza. Un remate de madera que tenía,
terminado por una giralda, lo destruyó un incendio.40
El interior del templo es muy despejado: sólo tiene una
nave muy ancha y altísima, con cuatro capillas á
cada lado. Sobre las capillas hay sendas tribunas, y encima de
ellas sendas ventanas. Corre un balcón por aquella alturas
en todo el circuito de la iglesia. El crucero, de brazos cortos,
tiene gran amplitud, y sobre él se eleva la grandiosa cúpula,
que llena de orgullo á los hijos de Elche. El coro está
en els presbiterio, en cuyo ábside se abren también
nuevas capillas y nuevas tribunas. El altar mayor es un tabernáculo
de mármol, con altos relieves de mérito, y el frontal,
de mármol también, tiene preciosas incrustaciones
de mayólica, representando los Apóstoles. El camarín
de la Virgen es muy rico en ornamentación, todo de madera
tallada con una prodigalidad que admira, y muy bien dorado. Detrás
del presbiterio está la capilla de la Comunión,
en cuyo altar hay un buen cuadro de don Vicente López,
representando á Jesucristo que da el Pan eucarístico
á San Pedro.
Tuvieron sin duda en cuenta, al construir esta iglesia,
el espectáculo que en ella se representa y la muchedumbre
que entonces la invade. Cuando se aproxima la Festa, transfórmase
el templo en teatro. Retíranse de las capillas los ornamentos
sagrados, y hasta las aras de los altares, para evitar profanaciones.
Cúbrese la cúpula con un lienzo en el que está
figurado el cielo, ocultando la tramoya para la representación
maravillosa; debajo de él, en el centro del crucero, se
construye un modesto tablado (cadafal) ceñido con barandilla
con balaustres de madera; en él se coloca el lecho imperial
para la Asunta.41 Del tablado hasta los pies de la iglesia
baja una suave rampa, de madera también, con barandilla:
es el andador, por donde llegan al tablado los personajes del
drama sagrado. En el cadafal hay sillones para el arcipreste y
otros sacerdotes de la parroquia, y junto a él otro tabladillo
ó estrado para el Ayuntamiento. El caballero portaestandarte
y los dos señores electos,42 que son los que dirigen
la fiesta, tienen también asientos preferentes junto al
andador, lo mismo que las dos señoras camareras de la Virgen.
En largas y apretadas filas llenan todo el espacio disponible
bancos, sillas, banquetas, toda especies de asientos, y aunque
se dan billetes para ocuparlos, la confusión es grandísima.
Desde mucho antes de comenzar la función acude el gentío,
irreverente y vocinglero por el mismo ingenuo afán de presenciarla.
Los huecos que dejaron libres los asientos están atestados
de espectadores, sudorosos y jadeantes. Encarámanse sobre
los altares, abrázanse á las columnas: todo lo llenan.
El calor de la canícula, que atiza en Elche un sol casi
africano, crece con las aperturas y el vaho de aquel inmenso montón
de carne humana; pasan de mano en mano los botijos y las garrafas,
y agitan sin cesar el ambiente caldeado los abanicos, que, como
oportuno obsequio, regala el Ayuntamiento á los invitados
para la fiesta.
Cesa de pronto aquel estruendo, parecido al oleajes de
un mar tempestuoso: es que la Virgen ha entrado en la iglesia
y avanza por el andador... Pero había olvidado que la fiesta
tiene un preludio muy hermoso, la Albá (alborada), y algo
habrá que decir de ella. Comienza la animación el
día 13; llénase la ciudad de forasteros; suenan
el tamboril y la dulzaina, hace la gente provisión de juegos
de pólvora, y cuando cierra la noche, todas las familias
suben á las azoteas provistos de una voluminosa sandía
(meló d'aygua), refresco tradicional y obligado de esta
solemne velada. El cielo, casi nunca nublado en Elche, suele resplandecer
espléndido en aquella noche de estío, cuyo silencio
interrumpen músicas y cantos, risas y gritos de júbilo,
que van de terrado á terrado en confuso rumor. A cada momento
brillan en las tinieblas los vivos colores de las luces de bengalas
y rompen el aire los cohetes voladores. Al tocar los tres cuartos
para las doces, estalla en lo alto de la Casa Capitular una explosión
de bombas de luces, y á esa señal disparan los vecinos
otros fuegos de artificio. Reina despues, hondo silencio, y al
oirse la primera campanada de media noche, suena en toda la población
el grito de ¡Viva la Mare de Déu! y desde la misma
torre del Consejo suben al cielo centenares de cohetes de luminoso
ramillete. Aquello se llama la Palmera. Los espectadores piadosos
se arrodillan y rezan una Salve á la Virgen, aprestándose
en seguida á rajar y comer el meló d'aygua.
El drama de la Asunción tiene dos jornadas que serepresentan
separadamente las tardes del 14 y 15 de Agosto. Le da comienzo
la Virgen María, que con las manos juntas, cubierta con
holgado manto azul y aureola de plata á la cabeza, sube
al cadafal acompañada por las dos Marías mudas,
y un coro de ángeles.43 La Madre de Dios, representada
por un muchachuelo,44 se arrodilla y canta, con su voz
infantil, de timbre agudo, una especie de salmodia monótona
y triste, que recuerda las arábigas melopeas. La letra
está escrita en castizo y arcaico valenciano.45
Aflige á la Virgen la partida de su hijo; reza, contemplando
el Huerto de Getsemaní, la cruz del Redentor y su Sepulcro,
figurados en varios sitios de la iglesia, y expresa su deseo de
morir. ábrese entonces el cielo, y baja de él un
globo azul con franjas de oro, á los sones de la música
y entre las aclamaciones de la multitud. Aquello es la manmgrana
(granada), que se abre, dejando al descubierto al Angel que va
dentro de ella. El celestial mensajero saluda á la Virgen,
le anuncia que á los tres días morirá, para
ser coronada en la gloria, y le da una palma de oro, encargándole
que la lleven delante de su cadáver cuando hayan de enterrarla.
María le pide una merced: que vengan los Apóstoles
para la hora de su muerte. Concédeselo el Angel, y vuelve
al cielo. Entonces el caballero portaestandarte y los dos electos
van á buscar á los Apóstoles, reunidos en
la cercana ermita de San Sebastián, que sirve de vestuario
á todos aquellos cantores. Llega primero San Juan, á
quien entrega la palma la Virgen; viene luego San Pedro; y siguen
después los demás. Todo el diálogo es cantado:
la antigua poesía valenciana, solemne y severa, se enlaza
de un modo extraño con el latín litúrgico.
Después de muchas lamentaciones y ceremonias de los Apóstoles,
la Virgen figura morir, y por arte de tramoya, el niño
que la representa es sustituido en el lecho monumental por el
propia imagen de la Mare de Déu, la que, según la
tradición, llegó á Elche milagrosamente.
Esta imagen no es la de la Virgen tendida y muerta, sino viva
y en pie; para figurar el fallecimiento, se le pone una careta
de difunta. Aquel es uno de los momentos más sensacionales
de la fiesta: el cielo se abre otra vez, y baja Ara-Cli
(altar celestial). Sobre una peana de oro está en pie un
Angel, vestido de blanco; acompáñanle cuatro querubines
tocando el arpa y la guitarra. El Angel desciende á recoger
el alma santa de María (representada por una pequeña
efigie de la Virgen), y la sube al cielo, repitiéndose,
mientras dura la triunfal ascensión, el estruendo del órgano,
de las músicas, de las campanas, antes las salavas de la
artillería, y siempre la aclamación popular.
El segundo acto representa el entierro de la Virgen; pero
entre una y otra jornada del drama sacro media la solemne procesión,
que también ofrece carácter original. Del extenso
campo de Elche y las poblaciones cercanas acude inmensa muchedumbre.
Nutridos grupos de devotos esperan el toque de medianoche para
entrar en la iglesia, cuyas puertas se abren á aquella
hora. Empiezan entonces «las promesas». Centenares
de fieles, millares quizás, que se vieron en algún
trabajo, ofrecieron á la Virgen hacer la carrera de la
procesión con una candela encendida, que entregan luego
en el templo como homenaje á Nuestra Señora. Entre
las sombras de la noche desfilan, cual silenciosos fantasmas,
aquellos fieles. Pero hay que ver este desfile así que
luce el día, y hasta las nueve de la mañana, hora
de la procesión, cuando la apiñada multitud de espectadores
apenas deja paso á las dos filas interminables que forman
los devotos de «las promesas». Hombres y mujeres,
niños y viejos, personas de toda clase y condición,
labriegos, artesanos, soldados, marineros, gente urbana y gente
rural, señoras y señoritas elegantes, al lado de
humildes jornaleros y campesinas toscas, cumplen su voto, procediendo
al séquito religioso de la Virgen. Este es muy corto: lo
componen el clero de las tres parroquias de la ciudad, precedido
por el portaestandarte de la fiesta, y pocas personas más.
La imagen de Nuestra Señora, tendida en el lecho y con
su antifaz de difunta, como la vimos la tarde anterior en el cadafal,
es llevada en hombros por los mismos Apóstoles, que toman
parte en la representación del drama, y detrás,
haciendo de preste, va San Pedro, revestido con capa pluvial (pues
es un sacerdote el encargado de este personaje); pero sin desprenderse
de las barbas blancas y la postiza calva, ni del nimbo de latón
dorado, y llevando en las manos las figuradas llaves del cielo.
Después de la procesión, celébrase
en la iglesia de un modo solemnísimo la misa, en la cual
predica siempre un orador de muchas campanillas; y á la
tarde, vuelve á convertirse el templo en místico
teatro. Va á representarse el entierro de la Virgen. Es
la escena mejor compuesta del drama sacro-musical. Los Apóstoles
(menos Santo Tomás), las Marías, el coro de Angeles
y de Elegidos, veneran el cadáver de la Virgen, besando
sus pies. Alternan las fúnebres coplas (una especie de
planctus) con el salmo In exitu Israel de Ægypto, y por
fin, todos con sendos ciriales en las manos, forman la procesión
del entierro, llevando los Apóstoles en brazos el sagrado
cuerpo hasta dejarlo en el sepulcro (un hueco abierto en el tablado).
En aquel instante vuelve á bajar el Ara-Cli, llevando
el Angel el alma de la Virgen, y con una especie de villancico,
de estructura muy sencilla y expresiva, invita á la Esposa
celestial para que suba á su eterno reino. Interrumpe momentáneamente
la acción un incidente algo cómico: llega Santo
Tomás, todo azorado, por haber hecho tarde para asistir
al entierro, y se excusa diciendo que las Indias lo han ocupado.46
El fin del drama se aproxima. Remóntase el Ara-Cli
lenta y solemnemente; pero ya no va el Angel en aquel aéreo
trono: lo ha reemplazado la imagen de la Virgen, desprovista de
la mascarilla de la muerte, y saludada por los vítores
del pueblo devoto, que crecen y se multiplican al ver que desciende
otro grupo, representando la Santísima Trinidad. El Padre
Eterno lleva en las manos una corona imperial, y suspendido en
medio del espacioso templo, que parece temblar con la repercusión
del clamoroso vocerío, entre lluvia de flores y oropeles,
cuando la imagen llega á su alcance, coloca en sus sienes
la corona.
Concíbese fácilmente el efecto que en otros
tiempos, de fe sencilla y apasionada, produciría este espectáculo
sobre un pueblo de escasa cultura y viva imaginación. Hoy
resulta extraño y anacrónico; á muchos les
parecerá profano é impropio de la santidad del templo;
pero, por eso mismo, como estraordinaria supervivencia de otras
edades, es interesantísimo para el historiador y atractivo
para el artista.
¿Cuál fué su origen y cuáles
fueron sus vicisitudes? preguntará el lector, por poco
que reuna aquellas cualidades. Ni Viciana ni Escolano mencionaron
la famosa Festa, al hablar de Elche; pero en nuestros tiempos
ha llamado la atención el singularísimo resto medioeval,
y algunos autores se han ocupado de él.47 Consta
por anotaciones en los libros del Consejo de Elche que á
mediados del siglo XIV se celebraba ya esta fiesta, la cual estaba
á cargo de una cofradía de Nuestra Señora
de la Asunción.48 A principios del XVII había
decaído, por escasear los fondos de la cofradía,
y prescindióse de ella dos años; pero el Consejo
la tomó entonces por su cuenta, previniendo que por ningún
motivo dejara de celebrarse, y aún no ha quedado incumplido
aquel acuerdo.49 Qué forma tuvo la fiesta de Elche
(así la llamaban) en los primeros tiempos; cuándo
empezó la representación teatral en la iglesia,
y en qué fecha se le dió á la Consueta el
actual texto literario, son cosas no bien averiguadas todavía
á pesar de los recientes estudios. La Consueta manuscrita
que sirve para la representación del drama, es del año
1639, y en ella se consigna que fué escrita por un Devoto.50
Algunos han creído que este anónimo devoto arregló
el texto, refundiendo una obra más antigua. Pero he tenido
ocasión de ver en Elche otro manuscrito de la Consueta
confecha de 1625, en el cual se dice que está copiado del
original, cuidadosamente conservado por la «Villa y clero».51
Hay que remontar, pues, á una época anterior la
redacción del texto actual de esta obra dramática.
Como habrá notado el lector por la reseña
de la representación, este drama sagrado se desarrolla
de un modo sobrio y severo, siguiendo la versión legendaria,
entonces muy generalizada, del modo cómo ocurrieron la
muerte y la asunción de la Santísima Virgen.52
El mismo argumento sirvió para representar este espectáculo
religioso en otros puntos. El texto de uno de estos dramas de
la Asunción, que se remonta al siglo XIV, apareció
poco há en Cataluña,53 motivando la suposición
de que procede de él la Festa de Elche. ¿No podrían
derivar los dos de una fuente común? (* el autor considera
que el drama ilicitano es más antíguo que el catalán,
además de que este tipo de obras fueron práctica
común en muchos lugares. Ver nota 53).
Más interesante para nuestro objeto es un códice
que se conserva en Valencia, y del cual nada se ha dicho hasta
ahora.54 Contiene este manuscrito la parte de la Virgen
María en el drama de la Asunción. La escritura parece
de principios del siglo XV ó fines del XIV; el lenguaje
aún acusa mayor antigüedad y marcada influencia
provenzal.55 Esta representación, destinada
á la iglesia, se divide en dos jornadas, y el asunto está
desarrollado lo mismo que en la actual fiesta de Elche; pero con
mayor extensión y con algunas variantes notables. Comienza
del mismo modo: con el deseo de morir, que expresa la Virgen;
sus oraciones ante el huerto de Getsemaní, el Calvario
y el sepulcro de Jesús; el descenso del ángel, el
anuncio de su muerte y la entrega de la palma de oro. Pero después
cambia bastante la acción. A casa de la Virgen56
acuden á despedirse de ella, no sólo los Apóstoles,
sino también el pueblo cristiano, los profetas, los tres
príncipes, Gamaniel, san Joaquín, Moisés,
Abraham y otros personajes. Después de largas despedidas
con muchas ceremonias, se abre otra vez el cielo y desciende Jesús,
en persona, que saca el alma del cuerpo de su madre. En la segunda
jornada, San Miguel vuelve el alma al cuerpo de María,
que se incorpora y se levanta sorprendida y admirada. Llena todo
este acto la nueva despedida muy ceremoniosa de la Virgen y todos
los personajes del drama, hasta el momento de la Asunción.57
Todo esto difiere bastante de la Consueta de Elche, tal como se
conoce desde principios del siglo XVII. En el manuscrito á
que me refiero, no se consigna donde se hacía aquella representación;
pero no parece probable que fuese en otra parte, pues no hay memoria
alguna de tal espectáculo sagrado en otra población
del reino de Valencia. En lo principal, coinciden ambos libretos;
también en la tramoya, y en que no era el muchacho que
representaba á María, sino una imagen de la Virgen,
la que aparecía como muerta y era después elevada
en el Ara-Cli. Aceptando que este drama ahora descubierto
era para la fiesta de Elche, tendremos que admitir una modificación
completa de la Consueta, que se haría probablemente en
el siglo XVI.
La música actual de ésta, que pudiéramos
llamar ópera religiosa, proviene del siglo XVI indudablemente,
y es de la llamada polifónica, que en aquel tiempo floreció.
La notación de que hoy se valen los que representan el
drama, está sacada de una Consueta musical, de comienzos
del siglo XVIII;58 pero ésta no es más que
una copia de solfas más antiguas, pues se emplean en ella
los signos y procedimientos de la anterior centuria. El estilo
no es el mismo en toda la composición, denotando la intervención
de diferentes autores, lo cual está comprobado por la Consueta
de 1639. Esta es puramente literaria; no tiene notación
musical; pero en la segunda jornada se consigna el nombre de tres
de los autores de la música, lo cual da alguna luz sobre
la época de la composición.59 Hay, además,
la especialísima circunstancia de que los dos primeros
números de la partitura (plegaria de la Virgen y contestación
del Angel) se cantan, no con la música marcada en la Consueta,
sinó con otra evidentemente más antigua, conservada
de oídas y de tiempo inmemorial, anterior sin duda alguna
al siglo XVII.60
No censurará, sin duda, el lector, que me haya detenido
tanto en la famosa Festa, aunque tenga que abreviar lo que me
queda que decir de Elche. Citaré sus dos parroquias, del
Salvador y de San Juan Bautista; son buenos templos, pero insignificantes
al lado del de Santa María. El de San Juan, situado en
el arrabal de este nombre, fué mezquita de la morería.
Hubo en Elche dos conventos de frailes: el de la Merced fué
fundado inmediatamente después de la reconquista, habiendo
cedido el infante Don Manuel para ello unos baños árabes
á los religiosos mercedarios de Santa Eulalia de Barcelona;
el otro convento, de alcantarinos, dedicado á san José,
databa de mediados del siglo XVII, y profesaron en él San
Pascual Bailón y el Beato Andrés Hibernón.
En el primero está ahora una comunidad de monjas clarisas,
cuyo anterior convento se arruinó; el segundo sirve de
hospital. De edificios civiles, después de la moruna Calahorra,
el de mayor importancia histórica es la Casa Capitular,
que da, por una parte, á la Plaza Mayor, y por la otra
á la de la Fruta, fuera del antiguo recinto murado. El
cuerpo central, llamado la Torre del Consejo, se construyó
en 1441. En otra torre está el reloj (obra del año
1573, notable entonces) con sus famosos y populares Calendura
y Calendureta. Son estos personajes dos muñecos armados
de sendas mazas, que golpean las campanas, para dar las horas
el mayor, y los cuartos el menor. Su extraño nombre, se
ha creído que viene de Kalendas. Curioso resto de la Edad
media es la torre del palacio de los marqueses, que está
á un extremo de la población, sobre el tajado borde
del Vinalopó. Hoy es cárcel pública.61
Del siglo pasado tiene Elche dos construcciones importantes: un
sólido puente de dos ojos sobre aquel río, y un
vasto cuartel de caballería, abandonado ya.
Pero todo esto importa poco á los turistas, ansiosos
de salir de la ciudad, para recorrer los huertos de palmeras,
perderse en la espesura de aquel bosque exótico y magnífico;
palpar los rugosos troncos y convencerse de que es realidad el
sorprendente espectáculo, de que no va á desvanecerse
como los cuadros de un cinematógrafo. Hay que abrir bien
los ojos para retenerlo por siempre en el fondo de las retinas,
y avivar todos los sentidos para apropiárselo; ó
bien, dejarse llevar por la imaginación, y soñar
que por algún claro de aquella columnata interminable aparece,
como un brazo de mar, la corriente del sagrado Nilo, ó
el desierto sin límites, cruzado por la lenta caravana,
y dejando ver en la recta línea del horizonte la silueta
de las Pirámides. Apenas salimos de la población
estamos en pleno palmeral. Este, como ya dije, la circuye por
todas partes, formando un inmenso anillo. La calidad del riego
ha contribuído mucho al cultivo de la palmera en Elche.
Las aguas torrenciales del río Vinalopó, reunidas
para este efecto en un pantano, situado á una legua más
arriba,62 son salitrosas y perjudiciales para muchos árboles.
La palmera y el granado las soportan bien, y por eso alternan
estos dos en los huertos illicitanos. El más hábil
artista no hubiese ideado mejor combinación para forjar
jardines ideales. Forman espeso matorral las apretadas frondas
del ganado, en las que abre la primavera las flores, como llamaradas
de púrpura, y dobla el otoño las flexibles ramas
al peso de las coronadas pomas, estuches de rubíes, que
dejan ver, al agrietarse, su escondido tesoro. Sobre aquellos
macizos de un verde intenso, levanta al cielo el rey de los árboles
su atrevido mástil, para formar allá arriba el vergel
aéreo de sus palmas cimbradoras y sus racimos de oro.
Los huertos suelen estar cerrados de tapia; y las palmeras
plantadas en largas y dobles filas, corriendo por medio los andenes
(andadors) y los canalizos de riego (cequioles), que llevan á
todas partes las aguas fecundantes. En los centros que dejan esas
hileras al cruzarse, cultivan legumbres y berzas los hortelanos.
Casitas de labor, muy blancas, cubiertas con una terreza horizontal,
alguna choza con rústico techo de palmas secas, completan
el aspecto oriental de aquellos huertos, y aún parece éste
más exacto, si las hilanderas de ojos negrísimos
y atezado rostro, con un pañuelo de vivos colores por tocado,
hacen girar un torno, de forma primitiva, y estiran las fibras
del cáñamo, yendo y viniendo por los andadores,
al són de alguna pausada canción de arábigas
modulaciones.
Pero el embeleso de los ojos y del ánimo está
arriba, en los troncos y los penachos de las palmeras. Imposible
parece que con tan pocos elementos puedan componerse cuadros tan
hermosos. No hay árbol más monótono que éste:
un poste, más ó menos largo, clavado en tierra,
y un manojo de palmas á la otra punta, eso es todo, y siempre
igual. Es raro fenómeno que alguno de ellos bifurque ó
trifurque su tronco, que lo tuerza, ó lo extienda oblicuamente,
abandonando la obligada y majestuosa vertical. Es más raro
todavía, otro fenómeno, que admiró á
principios del siglo pasado á Alejandro Laborde, y que
ahora se ha reproducido. Aquel viajero dibujó en su obra
monumental63 una palmera, de cuyo tronco, á poca
altura, brotaban siete ramas, que crecían simétricas,
recordando el candelabro de siete brazos de Jerusalén.
De aquella palmera no se guarda memoria en Elche; ahora hay otra,
aún joven, que es enteramente igual.64 Esto son,
como he dicho, excepciones de la ley general: millares y millones
de palmeras crecen idénticas, rectas, como palos de navío,
columnas erguidas, sin base, como las del primitivo orden dórico,
din adorno alguno, salvo el airosísimo chapitel de sus
largas hojas encorvadas. Si el viento las bate, se columpia con
graciosos movimientos la frondosa garzota. Pero eso no es lo común:
en este clima privilegiado la atmósfera está casi
siempre tranquila; el cielo despejado y luminosísimo. Nada
se mueve, todo calla, y sobre el fondo diáfano del firmamento
se encumbran y se recortan troncos, racimos y palmas en perenne
reposo y completa inmovilidad, que tienen algo de maravilloso
y paradisíaco.
(Tèxt original: TEODORO LLORENTE. d. Daniel
Cortezo y Cia., Barcelona, 1889, pp. 971-1014).
Anotacions al tèxt fetes pel pròpi autor:
1 En la región costanera de España, desde
Cataluña hasta Portugal, crece espontáneamente y
es muy abundante otra especie de palma, el palmito, margalló
en Valencia (Chamærops humilis, de los botánicos);
pero es una planta que no se levanta del suelo, contra la condición
general de las de su familia.
2 Historia de la dominación de los árabes
en España, por don José Antonio Conde, segunda parte,
cap. IX.
3 Admiten el origen árabe de nuestras palmeras
don Miguel Colmeiro, Curso de Botánica, Madrid, 1854; don
Eugenio de Coloma, Manual del hacendado y labrador, Habana, 1861;
y don Pedro Marzo de Lorenzana, Agronomía, Madrid, 1817.
4 «Judæa inclyta est vel magis palmis,
quarum natura nunc dicetur. Sunt quidem et in Europa vulgoque
Italia sed steriles. Ferunt in maritimis Hispaniæ fructum,
verum immitem; dulcem in Africa, sed statim cuanescentem. Contra
in Oriente: ex his vina, gentiumque aliquibus panis plurimis vero
etiam quadrupedum cibus. Quam ob rem jure dicentur externæ.
Nulla est in Italia sponte genita, nec in alia parte terrarum
nisi in calida: frugifera vero nusquam nisi in fervida.»
C. Plinii secundi naturalis historiæ, Liber XIII.
5 «Palma dicta, quia manus victricis ornatus
est, vel quod oppansis est ramis in modum palma hominis. Est enim
arbor insigne victoriæ, proceroque, ac decoro virgulto,
diuturnisque frondibus vestita et folia sua sine ulla successione
conservans. Illam Graeci Phænicem dicunt, quod, diu duret,
ex nomine avis illius Arabiæ, quæ multis annis vivere
perhibetur. Quæ dum in multis locis nascatur, non in omnibus
fructus perficit maturitarem.» Divi Isidori Opera, Lib.
XVII, cap. VII, Etymologiam.
6 Dice Escolano, que á tiro de arcabuz del castillo
de Santa Pola se descubría un grande aljibe, donde estaba
sita la antigua ciudad, «y cerca del aljibe, al Poniente,
añade, muchos rastros del muelle del puerto en seco, más
de qunientos pasos la tierra adentro por haberse retirado el mar,
como cada día experimentamos en la costa. Desta antiquísima
ciudad y sus aldeas están en pie por aquellos contornos
y campo muchos cimientos y paredones y se van cada día
desenterrando medallas y monedas romanas. Sin esto, se ve el vestigio
de un camino real, que desde Cartagena viene atravesando por junto
á Catral y toca en un paso que hoy se llama el Hostalet,
que es el mojón entre Elche y Orihuela; y viene á
dar derechamente al sitio de dicho aljibe. El camino aún
permanece empedrado y es cierto que se trajeron de lejos las piedras
para hacerle, por correr casi todo sobre tierra de saladares,
y en testimonio de lo que fué, le llaman aún los
naturales de aquel paraje el camino de los Romanos.»
Década primera, libro VI, capítulo VIII.
7 Llamóse esta isla Plana ó de San Pablo;
y luego por corrupción de este último nombre, de
Santa Paola y de Santa Pola. en el año 1769, Don Carlos
III hizo redimir, á los genoveses habitantes de la isla
Tabarca, en los confines de Argel y Túnez, que estaban
cautivos, los cuales fueron llevados á la de Santa Pola,
que desde entonces tiene el nombre de Nueva Tabarca. Mandó
construir aquel monarca, para la defensa de la nueva población,
un castillo, que aún se conserva, lo mismo que la iglesia
y otros edificios públicos. La primera torre de esta isla,
citada en el texto, fué construida en 1337, habiendo autorizado
la construcción el infante Don Ramón Berenguer,
señor de Elche.
8 El haber sido nombrado virrey del reino de Valencia
Don Bernardino de Cárdenas, duque de Maqueda, hijo del
señor de Elche, favoreció la construcción
de este castillo, hecha en 1557. Para su guarda se destinaron
un alcaide, un alférez y treinta soldados. El duque de
Maqueda hizo construir otras muchas fortalezas y torres de vigía
para la defensa de las costas, á expensas de la Generalidad
del reino.
9 Don Adolfo Herrera, académico de la Historia,
que suele veranear en Santa Pola, me da noticias interesantes
sobre restos del Portus Illicitani, Encuéntranse éstos
en un espacio reducidísimo, al Oeste de la actual población,
en terrenos de la propiedad de los señores Murtula, que
confinan al Norte con monte bajo de piedra caliza, donde no se
ven vestigios de edificación antigua; al Oeste con terreno
pantanoso, que nunca pudo ser habitado; al Sur con el mar, y al
Este con el caserío de Santa Pola, en cuyo suelo tampoco
se descubren restos romanos de ninguna clase. Sobre las ruinas
del antiguo poblado se han construido algún edificio rural
y el cementerio; el resto son tierras de labor. Los señores
Múrtula, personas muy ilustradas, han hecho en ellas algunas
excavaciones con feliz éxito, pues han encontrado: dos
inscripciones romanas que se han publicado en el Boletín
de la Academia de la Historia; la parte inferior de una estatua
de mármol blanco con traje talar de 0'34 metros alto (desproporcionada
y de poquísimo valor artístico); una preciosa cabeza
de mármol blanco, de los mejores tiempos de la época
romana; un anillo de oro con una moneda de Marco Aurelio, también
de oro, incrustada en él; dos monedas de oro del emperador
Galiano, ambas muy raras; otra moneda de oro del emperador Arcadio;
un collar de oro con 48 prismas y su broche, y otro de oro y vidrio
rojo, formado por 35 pequeños cilindros, los dos de época
romana también. En 1864 don Antonio Múrtula, padre
de los actuales propietarios, halló en las mismas tierras
un magnífico dollium de gran tamaño y del cual hizo
donación al Museo Arqueológico Nacional. El señor
Rada y Delgado, en memoria que presentó al ministro de
Fomento en 1871, consignaba que era la pieza mayor de cerámica
romana que había en España.
10 Tito Livio llamó á esta ciudad ILVCIA,
Pomponio Mela ILLICEN, Plinio ILLICE, Ptolomeo ILICIAS, Antonino
Pío ILICI: los árabes, primeramente ELIXE, y luego
ELX. En la Crónica del rei Don Jaime se escribe ELXE: en
los documentos de aquella época redactados en latín
ELCHIO y ELCHII. En los privilegios de la villa, escritos en castellano,
en el siglo XIII, encontramos ya ELCHE. En los documentos valencianos
de aquella época y posteriores, se usa ELIG,
ELIX, ELICH y también ELG.
11 Ilice, hoy villa de Elche, ilustrada con varios discursos.
Su autor, don Juan Antonio Mayans i Siscar, presbitero. Valencia
1770. A Illici y sus antigüedades dedicó también
un interesante estudio el marqués de Molins, don Mariano
Roca de Togores, en su discurso de recepción en la Real
Academia de la Historia, leído el 29 de junio de 1869.
12 Illici, su situación y antigüedades, por
Aureliano Ibarra y Manzoni, ilustrada con 25 láminas, conteniendo
la reproducción de 237 monumentos antiguos, descubiertos
casi en su totalidad, dibujados y grabados por el mismo autor,
Alicante, 1879. La interesante colección de objetos antiguos,
que formó el señor Ibarra, fué adquirida
á su muerte por el Estado y destinada al Museo Arquológico
Nacional. Un hermano de don Aureliano, don Pedro Ibarra y Ruiz,
que pertenece al cuerpo de Archiveros, bibliotecarios y anticuarios,
ha proseguido la obra de su difunto hermano, y tiene reunidos
ya muchos restos de la destruída Illici. Con el título
de Historia de Elche, escrita á la vista de los más
fidedignos testimonios y contemporáneos estudios, y dispuesta
de modo que pueda servir de libro de lectura en las Escuelas de
dicha ciudad, Alicante, 1895, ha publicado un epítome muy
interesante y muy útil, el cual prueba sus fructuosas investigaciones
en archivos y bibliotecas. Para completar la bibliografía
de Elche, citaremos otros dos libros modernos: Apuntes sobre la
historia antigua de la villa de Elche, pro don Pascual Caracena,
Elche, 1855, y Epítome histórico de Elche, por don
Francisco Fuentes, Elche, el mismo año. También
se conservan dos historias manuscritas, muy curiosas, tituladas
Excelencias de la villa de Elche, por don Cristóbal Sanz
de Carbonell, síndico, que la escribió por el año
1621, y Antigüedades y glorias de la villa de Elche, por
fray Salvador Perpiñán, de 1705. Las tiene en su
biblioteca don Pedro Ibarra.
13 No están conformes los autores en si es ibérico
ó fenicio el nombre de Illici. Don Aureliano Fernández
Guerra considera indudable esto último, y añade
que recuerda ese nombre el de Elice, ciudad de la Idumea, rica
también en floridas palmas y citada en el libro de Judith.
Pero don Juan Antonio Mayans, el padre Flórez y algunos
escritores modernos, encuentran el sello del iberismo en las letras
iniciales ILI, muy repetidas en las poblaciones ibéricas,
y cuya radical, en el idioma de los turdetanos, debió significar
lo mismo que BRIGA en la de los celtíberos, es decir, ciudad
o población.
14 Véase el tomo I, cap. II, pág. 52 de
esta obra, donde se refieren brevemente estos acontecimientos.
15 Como he dicho en una nota anterior, creen algunos autores
que Icosium, ciudad de la que tomaban nombre los icositanos, es
Agost, donde se encuentran restos de aquella remota antigüedad.
16 Véase Medallas de las Colonias y Municipios
de España, por el P. Flórez, tomos II y III. Diez
y siete son las medallas de Illici que menciona este autor, y
comprenden un período de cincuenta años, de los
setenta en que estuvieron autorizadas las colonias romanas para
esta acuñación.
17 Las familias Papiria, Decia, Marcia, Placidia, Terencia,
Manlia, Petronia, Julia, Sextia, Caelia, Æmilia y Papia.
18 Elche ha consignado estas iniciales en su escudo de
armas. El que primero usó sólo tenía una
fortaleza; pero en el siglo XVII aparece este emblema en la mitad
superior del balsón, y en la de la punta el ara que se
ve en las monedas illicitanas dedicadas á Tiberio, y á
sus lados las letras C. I. I. A. Alicante las pone también
en su escudo, según queda dicho en el capítulo anterior.
19 Dos Epístolas-decretales del Papa Hormisda,
fechas de 517 y 519, citan a un obispo de Illce, llamado Juan.
En los concilios de Toledo IV, V y V aparece la firma de Serpentino,
obispo también illicitano; en el VII, VIII, IX y X, la
de Winibal; en el XII, XIII y XIV, la de Leandro; en el XV la
de Emilla, y en el XVI la de Eppa. Fácilmente se explica
porqué no figuran los obispos de Illici en los tres primeros
concilios de Toledo: aquella ciudad no pertenecía entonces
á la monarquía visigótica; formaba parte
de los dominios que tenían en España los emperadores
de Bizancio. Suintila arrojó de España á
los imperiales en el año 625, y en el Concilio IV toledano,
celebrado en 633, aparece ya el obispo de Illici. En el Concilio
VII el que lo era entonces firma Winibal, Dei miseratione, Ecclesiæ
Illicitanæ, qui et Etolanæ Episopus. El obispado de
Elo había sido hasta entonces deistinto del de Illici,
y sin duda en esta época se unieron, pues no vuelven á
figurar los de aquella diócesis en los Concilios toledanos.
20 Pertenecen estos terrenos al doctor Campello, médico
y persona muy principal de Elche. Estaban casi incultos, y él
los ha roturado, construyendo á la vez la alquería.
El doctor Campello está casado con una hija de Aureliano
Ibarra, el historiador de Illici.
21 Entre las pocas inscripciones romanas que se conservan
en Elche, las más interesantes son dos lápidas que
se empotraron en los muros de la casa de la Villa: una de ellas
está dedicada a Augusto, y es la que cita Escolano. En
tiempos de este historiador estaba en la plaza de la Merced, y
después, por acuerdo del Consejo, fué colocada en
la Casa municipal. La otra lápida está dedicada
á Tito Statilio Tauro, general tres veces, cónsul
dos y propretor de la España Citerior (versión de
Hubner). De este personaje, coetáneo de Augusto, se guardó
memoria en Roma por haber construido en aquella ciudad el primer
anfiteatro, sobre cuyas ruinas se alza hoy el palacio de Monte
Citorio. También se empotraron en los muros de la Casa
de la Villa dos fragmentos de una colosal estatua de mármol.
22 Don Cristóbal Sanz de Carbonell, que vivía
a principios del siglo XVII, y cuya historia manuscrita de las
antigüedades de Elche cito en una nota anterior, dice así:
«Hállanse en este término vestigios antiguos
asolados, que dan demostración de su grandeza y de ser
de tiempo de romanos. Como á un cuarto de legua y tiro
de arcabuz se ven arruinados vestigios en la partida de la Alcudia,
que fué grande lugar, y yo le tengo andado y medidas sus
murallas, como hoy permanecen, con pedazos de paredones, que tienen
de circuito y redondez dos mil y veinte pasos, hecha de cal y
canto, y en muchas partes tan alta, que no se puede entrar ni
subir. En lo alto de estas ruinas y loma de edificios, que sobrepuja
á los más altos olivares que tiene alrededor, hay
ciento y treinta y dos tahullas de tierra pedregosa, con algunos
árboles, la cual se cultiva de poco tiempo á esta
parte, y se coge en ella trigo, cebada y barrilla. Aquí
se descubren y hallan vasos, pilastras, frisos, cornisas y pirámides
muy labradas, y otras cosas memorables y antiguas de tiempo de
romanos.» (Pág. 127).
23 Tiene 514 metros de largo y 236 en su mayor anchura,
según la medición del señor Ibarra.
24 En 1861, haciendo excavaciones el señor Ibarra
en un huerto de palmeras y granados, de la partida de Algorós,
descubrió vetustos paredones, restos de un edificio romano,
pavimentado con preciosos mosaicos. Entre éstos había
uno muy artístico que representa á Galatea. Una
comisión de la Academia de la Historia visitó aquellas
ruinas, sobre las cuales escribió una monografía
el señor Amador de los Ríos, por encargo de la Comisión
de Monumentos. Para conservar aquel mosaico se construyó
una caseta, costeada por dicha Academia y por el Ayuntamiento
de Elche. Al año siguiente continuó sus exploraciones
el señor Ibarra y halló los restos de otro edificio,
más grande y mucho más suntuoso, con diez ricos
pavimentos de mosaicos, restos de otros mosaicos, capiteles, frisos
y otros fragmentos de rica ornamentación de diferentes
mármoles, una estatua mutilada de Mercurio, y otras dos
representando sin duda el Amor, que están hoy, como toda
la colección de antigüedades del señor Ibarra,
en el Museo Arqueológico Nacional. La mayor de estas estatuas
es un niño alado, dormido sobre una piel de león.
Descansa la cabeza sobre una maza; apoya la mano derecha en una
antorcha apagada, y con la izquierda sostiene la cabeza. La otra
estatua parece copia de la anterior; tiene la maza en la mano,
la aljaba bajo la cabeza, y á la espalda un arco. Las dos
tienen á los pies un pequeño lagarto, símbolo
del silencio. El señor Ibarra hizo muchas gestiones para
que se conservasen también los preciosos mosaicos de este
destruído edificio; pero no pudo lograrlo; y el dueño
del huero lo destruyó para mejorar su cultivo. En agosto
del presente año 1899, don Pedro Ibarra, hermano del difunto
don Aureliano, ha encontrado otros hermosos mosaicos en la misma
zona de la Alcudia. Cavando el terreno para convertirlo en viñedo,
apareció la planta de un suntuoso edificio romano. Los
cavadores destruyeron un piso de mosaico, con lacerías
y grecas azules sobre fondo blanco, y otro de forma circular con
una estrella en el centro. Otro tercer mosaico pudo salvarse por
la intervención del señor Ibarra: es de los llamados
pavimentum vermiculatum, y en el rosetón central hay figurados
un perro persiguiendo á un conejo. En la cenefa del rosetón
hay pájaros de vivos colores. Pero lo más interesante
es que este pavimento tiene en uno de sus ángulos la siguiente
inscripción: Inh predivivas cumtuis omnibmultis
annis. «En este predio vivas con todos los
tuyos muchos años.» Del grado de perfección
de la obra y de las monedas halladas en la misma finca, deduce
el señor Ibarra que este mosaico data de fines del siglo
III.
25 En el Museo Arqueológico Nacional hay algunas
joyas propias de la época visigoda encontradas en Elche,
entre ellas, algunos zarzillos (inaures), collares ó gragantillas
(torques), cadenillas, sortijas y una pulsera, que revelan el
mismo arte, composición y dibujo de las famosas coronas
de Guarrazar. Ocupóse de estas joyas don José Amador
de los Ríos en su obra titulada El arte latino-bizantino
y las coronas visigodas de Guarrazar.
26 El semblante grave y simpático forma vivo contraste
con el extraño lujo de los adornos. Los cabellos están
enteramente ocultos por un tocado suntuoso y complicadísimo.
Ciñe la frente un velo, cuyo borde forma cuatro pliegues
muy apretados, y corre por encima de una armadura fijada en los
cabellos muy atrás, parecida á las altas peinetas
que llevaron nuestras campesinas. Esta armadura interior da al
velo la forma de una tiara rebajada. Una doble cinta que rodea
la cabeza por detrás, mantiene fijo el velo. En él,
sobre la frente, hay cosidas tres series de perlas ó avalorios.
Por detrás el velo cae formando pliegues rectos. Dos enormes
discos de orfebrería, en forma de ruedas caladas, están
fijados á un lado y otro de la tiara, cubriendo enteramente
las orejas, sobresaliendo de las sienes y formando una especie
de nicho para guardar el rostro. Están unidos por medio
de una doble cinta que se cruza en la parte superior de la cabeza
sobre las filas de perlas. Entre los discos y las sienes, para
atenuar sin duda el duro roce de estas ruedas metálicas
contra la carne, se interponen dos placas delgadas cortadas en
volutas, de las que penden ligeros caireles. El vestido se compone
de tres piezas: la camisa, que es la más interior; luego
una túnica plegada, y encima un manto puesto sobre los
hombres, que por detrás sujeta los pliegues del velo, y
por delante cae en simétricos zig-zags. Este manto se abre
sobre el pecho y deja ver un triple collar de gruesos avalorios.
De las dos primeras rastras cuelgan pequeñas ampollas,
y de la tercera una especie de saquitos, que tal vez contendrían
amuletos. El rostro, el tocado y el traje conservan señales
de pintura polícroma, y parece que toda la superficie de
la piedra haya sido ligeramente colorida por una especie de patina
de color gris rosáceo. Solamente el color rojo aplicado
á los labios, al velo de la tiara, y á la túnica
en el pecho, se conserva bien. El iris de los ojos fué
ahondado para recibir sin duda una materia colorante, que ha desaparecido.
Su cavidad se llena de sombra bajo la arcada de sus largos párpados,
dándoles una mirada enigmática.
27 Esta fué la primera suposición de don
Pedro Ibarra, que dió cuenta del interesante hallazgo en
la prensa de Alicante y después en La Ilustración
Española y Americana. El dibujo que publicó este
periódico hizo que se fijase la atención de las
personas ilustradas en tan precioso resto histórico, y
comenzaron desde luego los estudios y las controversias de los
arqueólogos.
28 Los terrenos de la Alcudia pertenecen, como queda dicho,
al doctor Campello, yerno de don Aureliano Ibarra. Cuando se descubrió
el busto á que me refiero, tenía que cobrar del
Ministerio de Fomento una cantidad por la venta de la colección
arqueológica de su suegro. Demorábase el pago, y
parece que esto le contrariaba. Dió la casualidad de haber
llegado aquellos días á Elche, con objeto de ver
las fiestas de la Asunción, M. Pedro Paris, entendido arqueólogo,
profesor de la Facultad de Letras de Burdeos y redactor de la
Illustration de Paris. Vió el busto, comprendió
en seguida su importancia, pidió y obtuvo por telégrafo
el encargo de adquirirlo para el Museo del Louvre, y después
de algún regateo, lo compró por cuatro mil francos.
En aquel Museo se halla colocado en sitio muy principal de la
sección de antigüedades Orientales, sala denominada
de la Apadana de Xerxes.
29 La Dama d'Elche au Musée du Louvre, par Pierre
Parism professeur à la Faculté des lettres de Bordeaux,
directeur de l'école municipale des Beaux-Arts, Bordeaux,
1899.
30 Una de las cuatro fuertes torres de los ángulos
de esta muralla estaba donde se halla hoy la Lonja. De allí
seguía el muro por la acera norte de la Corredera, hasta
la esquina de la calle que se llamaba del Trinquete y ahora del
Casino, donde se levantaba otra torre. De allí corría
en línea recta hasta la Calahorra. Torcía luego
hacia el palacio señorial, donde estaba la cuarta fortificación,
y el cuarto lienzo iba de aquel punto á la Lonja. Pocos
restos árabes se conservan en Elche, fuera de la Calahorra.
En el convento que fué de la Merced, y ahora de religiosas
clarisas, pueden verse aún los baños que tenían
allí los moros. Hay una curiosa reliquia del arte arábigo
en una modesta casa de la calla de Albado, que ocupa ahora una
familia de alpargateros; se han conservado en ella entre las vigas
del techo unos casetones decorados con dibujos é inscripciones
coránicas. Don Pedro Ibarra ha sacado calcos y fotografías
de ellos, sometiendo éstas al estudio de don Eduardo Saavedra.
El docto arabista traduce de este modo la incripción que
corre por el borde de todos los cuadros, á manera de orla:
«Me refugio en Dios contra Satanás el apedreado.
En el nombre de Dios clemente y misericordioso. Bendiga Dios á
nuestro señor y dueño Mahoma, su familia y amigos,
y salúdele.» Uno de los casetones no tiene dibujos
en el centro, como los demás, sino otra transcripción,
que vierte así el señor Saavedra: «Acude
á la oración y no seas negliegente; porque Dios
está con los que son piadosos y hacen buenas obras.-
Lo ejecutó el honrado maestro Abudiá Cirach, hijo
de Zalema, terminándolo el año 912.» (1506
de nuestra Era). El Archivo, tomo IV, pág. 121.
31 El rey Don Jaime, en su Crónica, ya da ese nombre
á este castillo. Puede muy bien deducirse de las palabras
árabes calat (castillo, fortaleza), y horra (libre, franca,
ó más bien forana, salediza). Pero la ciudad, que
se llama también Calahorra, no debe su nombre á
los árabes: es de época anterior, y su denominación
actual viene de la antigua Calagurris.
32 La Calahorra perteneció á los señores
de Elche, condes de Altamira. En 1852 se la compró don
Francisco Estrada, quien hizo donación de ella al marqués
de Lendínez, al casar éste con una hija suya en
1871.
33 En el Archivo de la catedral de Valencia, sección
de pergaminos, 0567, se guarda original el acta de las treguas
ajustadas en el sitio de Elche, á 25 de Julio de 1296 entre
Don Jaime II y el infante de Castilla Don Juan Manuel. Aún
conserva este documento 39 sellos de los 43 que debía tener.
34 El pleito de reducción de Elche y Crevillente
á la Real Corona, comenzó en 1574 y terminó
en 1697. El marquesado de Elche pasó, poco después,
de la familia de Cárdenas á la de Ponce de León,
duques de Arcos. En 1780 se extinguió también la
descendencia masculina de esta familia, pasando el señorío
de Elche al marqués de Astorga, conde de Altamira. Hoy
el título de marqués de Elche ha caducado, y no
figura ya en la Guía oficial de España.
35 Después de la reconquista, los cristianos fortificaron
mucho á Elche, hasta el punto de ser considerada como una
de las mejores plazas del reino. La muralla, que seguía
la misma dirección de la de los moros, tenía foso
y barbacana para la defensa de éste; estaba defendida además
por ocho torreones levantados en los ángulos y en los puntos
más estratégicos, y diez y seis torres más
pequeñas. La barbacana del foso tenía también
ocho torretas. El castillo de Calahorra defendía la entrada
de la villa por la parte de Alicante.
36 La industria principal de Elche ha sido siempre la
cañamera. En estos últimos tiempos ha adquirido
gran incremento la confección de alpargatas finas.
37 La Academia Bibliográfica-Mariana de Lérida
propuso por tema para el certamen de 1886 la historia de esta
imagen. Ganó el premio don Javier Fuentes y Ponte, cuya
obra se publicó al siguiente año en aquella ciudad
con el título de Memoria histórico-descriptiva del
Santuario de Nuestra Señora de la Asunción en la
ciudad de Elche. Es una reseña muy extensa y muy minuciosa,
en la cual no se trata sólamente de la imagen, del templo
en que se venera y de la famosa fiesta, sino también de
la historia y descripción de aquella ciudad, de modo que
puede considerarse como una completa crónica illicitana;
pero no se recomienda por su criterio histórico ni artístico.
38 Así relata estos sucesos el P. Juan Villafañé
en su obra de las Imágenes de la Santísima Virgen
en España, en la cual se consignan como ciertas todas las
leyendas inventadas por la piedad y la fantasía de los
tiempos medioevales. En comprobación de aquella historia,
se dice, que por orden de las autoridades, un notario llamado
Guillem Gamir hizo una información sobre la misteriosa
aparición de la Virgen, y que el pergaminó aquel
se depositó en la Casa de la Villa, pero no hay dato alguno
que lo compruebe.
39 Trazó los planos y comenzó las obras
el arquitecto don Francisco Verde.
40 Era muy alto aquel templete y hacia que la torre se
divisase á seis leguas de distancia. En la Nochebuena de
1792 subieron lumbre los campaneros para calentarse, produciendo
el incendio que lo destruyó.
41 Esta cama, de ébano y plata maciza, fué
traída de Portugal y regalada, á mediados del siglo
XVIII, por don Gabriel Ponce de León, duque de Baños.
42 Según antigua costumbre, que aún se observa,
el portaestandarte ha de pertenecer á la nobleza. En el
cargo de electos alternan, por años, los nobles y los abogados.
43 Los niños que hacen de ángeles visten
túnica amarilla y banda carmesí; llevan corona de
flores.
44 La elección de los niños cantores de
la fiesta se hace mediante públicos ejercicios (prova)
el día 10 de Agosto en el salón de la Casa Consistorial.
Los niños cantores son dos: uno de ellos representa la
Virgen y el otro el Angel.
45 Para muestra del lenguaje y la versificación
copiaré una de las primeras escenas. «El Angel
(Desde la mangrana): Deu vos salve, Verge Imperial, mare
del Rey Celestial; Jo eus port saluts é salvament
del vostre fill omnipotent. Lo vostre fill, que tant
amau, que ab gran goig lo desijáu, ell vos
espera ab gran amor per ençalçarvos en honor.
E diu que al terç jorn sens duptar ell ab siu
eus vol appellar dalt en lo regne celestial per Regina
Angelical. E manám que us la portás aquesta
palma y eus la donás, que us la fassáu davant
portar quan vos porten a soterrar. María: Angel plahent
é illuminós si gracia trob jo davant vos,
un do vos vull demanar, prec vos no m'el vulláu
negar. Ab mon ser, si posible es, ans de la mia fi
jo vees, los Apóstols açí juntar per
lo meu cos á soterrar. Angel: Los Apóstols açí
seran y tots ab breuetat vindran, car Deu, qui es
omnipotent los portará soptosament. Y puig,
Verge, ho demanau lo etern Deu diu que li plau, que
sien açí sens dilació per vostra consolació.»
Todas las escenas de este drama sacro son cantadas, sin haber
en ellas recitado alguno. La metrificación es casi toda
ella en la misma forma de los versos anteriores. Casi todos son
de nueve sílabas, pero también hay algunas estrofas
de versos octosílabos.
46 Se ha suprimido otra escena, que tenía un carácter
grotesco más acentuado y muy propio de la literatura medioeval.
Cuando los Apóstoles estaban celebrando los solemnes ritos
del entierro, venía por el corredor un tropel de judíos,
haciendo visajes y aspavientos, para robar el cuerpo de la Virgen.
San Pedro y San Juan salían á su encuentro y tras
ellos los demás Apóstoles sacando los alfanjes.
Echaban también mano á las armas los judíos;
pero eran vencidos y pedían el bautismo. San Pedro los
bautizaba; después, todos juntos, cantaban las alabanzas
de María y asistían á su entierro con velas
encendidas. Esta escena se llamaba la judiada.
47 El marqués de Molins habló con entusiasmo
de la Festa de Elche en su discurso de recepción en la
Real Academia de la Historia (1869); don Cayetano Vidal y Valenciano
se ocupó de este drama con más detenimiento en unos
artículos insertos aquel mismo año en el Diario
de Barcelona, é incluídos luego, con el texto de
la Consueta, en el toma VI de las Obras completas del doctor don
Manuel Milá y Fontanals (Barcelona, 1895); el señor
Fuentes y Ponte, en su ya citada Memoria histórico-descriptiva
del Santuario de Nuestra Señora de la Asunción en
la ciudad de Elche, insertó también aquel texto,
pero con notorias incorrecciones; lo depuró, compulsando
antiguos ejemplares, el señor Chabás y lo publicó
en El Archivo (tomo IV, pág. 204); lo incluyó también
don Adolfo Herrera en el Boeltín de la Sociedad Española
de Excursiones (1896) con la música, y un sucinto estudio
esta fiesta. Finalmente, el maestro compositor y erudito musicólogo
don Felipe Pedrell, ha hecho un detenido análisis de esta
ópera litúrgica y eruditas investigaciones sobre
ella, dándolas á conocer en el Ateneo de Madrid
(Estudios Superiores, curso de 1899-1900), y prepara la publicación
de una obra dedicada á tan interesante asunto. En la Internationale
Musikgesellchaft, de Leipzig, ha publicado un avance de estos
estudios.
48 Consérvase un Libro Racional Mayor de la villa
de Elche, formado por acuerdo del Cabildo municipal, que dice
así en su primera página: «Motivos que
esta ilustrísima villa tuvo para celebrar las fiestas de
Nuestra Señora de la Asumpción, que tasladó
Luis Soler Chacón en el año 1492 de el original
que existía en los Archivos de ella, y que Cristóbal
Sanz de Carbonell, subsíndico, havía sacado á
la luz de los papeles que se hallaron de Francisco Castells de
Orquis, síndico que fué en el año 1353.»
Dice esta relación que en el año 1265 el rey Don
Jaime venció á los moros y ganó la villa
de Elche los día 14 y 15 de Agosto, y que por esta victoria
se acordó celebrar las fiestas de la Asunción todos
los años; pero era llegado Mayo de 1266 y aún no
se habían decidido los cultos; entonces se realizó
la milagrosa venida de la imagen de la Asumpta, y dentro del arca
en que estaba encerrada, hallóse también escrito
cómo se había de celebrar la Muerte y Asunción
de Nuestra Señora. No se puede prestar fe á estas
noticias, porque no hubo tal batalla ni victoria para la toma
de Elche; la aljama abrió las puertas á Don Jaime
sin resistencia, mediante tratos, en los cuales tuvo buena parte
el soborno de los moros principales. La entrada del ejército
cristiano no fué el día que indica el libro Racional,
sino en 20 de Noviembre. El culto y las fiestas de la Asunción
de Nuestra Señora se explican bien por la devoción
del Rey Conquistador, que daba aquel título á casi
todas las iglesias fundadas por él.
49 Tomó este acuerdo el Consejo de Elche el 11
de Marzo de 1609. Consta en él que, por falta de fondos
en la Cofradía de la Asunción, era difícil
encontrar mayordomo para la fiesta, la cual iba decayendo; que
había dejado de celebrarse dos años, uno por la
muerte del marqués don Bernardino de Cárdenas, y
otro por la del infante Don Carlos, hijo del rey; que aquellos
dos años hubo pedriscos asoladores; y que, para impedir
estos daños, se había de celebrar la fiesta, sin
excusa alguna, por cuenta de la villa, estableciendo, para sufragarla,
ciertas sisas, de acuerdo con sus señores los marqueses.
El obispo de Orihuela, don Bernardo Caballero de Paredes, prohibió
esta fiesta, y el Consejo de Elche apeló de aquella orden,
llevando el asunto á Roma. En el archivo municipal se conserva
el traslado auténtico de la sentencia dictada en la Curia
romana á 3 de Febrero de 1632, librado el 24 de Mayo á
instancias de Francisco Sempere, síndico procurador de
dicho Consejo. En virtud de aquella sentencia (Letras apostólicas)
se ampara á la comunidad y hombres de Elche en la posesión
quieta y pacífica de celebrar y solemnizar la festividad
de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María
con representaciones y canciones, según costumbre de su
patria aún observada, tanto en el mismo día de la
citada festividad como en su vigilia, en cuya posesión
habían sido molestados por el Obispo de Orihuela, mandando
amonestar a éste y á cualquier otro para que en
el perentorio término de seis días, y bajo la pena
de 500 ducados de cámara, excomunión y demás
censuras eclesiásticas, se abstuviese de molestar á
la indicada comunidad y hombres de Elche en la indicada posesión.
Este curioso documento no se ha publicado, que yo sepa.
50 El documento á que me refiero, del cual hay
en Elche algunos manuscritos, más o menos antiguos, lleva
este título: Consueta de la Festa de Nostra Señora
de la Assumptió que es celebra en dos Actes, vespra y dia,
en la insigne Villa de Elig, escrita per un devot seu á
VI dies del mes de Febrer del any MDCXXXIX.
51 Esta Consueta se halla contenida en un antiguo manuscrito
de 29 hojas en 4.º foliadas, encuadernado en pergamino, en
cuya tapa anterior se lee: Llibre de la Festa de Nostra Señora
de la Sumptió ditta vulgarment la festa de la villa de
Elig. Lo primero que hay en este cuaderno es una carta
dirigida al señor Honorato Martí de Monssí,
caballero familiar del S. O. y capitán de S. M. en la ciudad
de Orihuela, por Gaspar Soler Chacón, con fecha del 15
de Agosto de 1625. Esta carta explica la formación del
cuaderno. Dice el firmante que el citado capitán le pidió
que li fes un trellat (traslado) de los dos actos de la víspera
y día de la fiesta de la Asunción, que vulgarment
se diu la festa de la villa de Elig, y que esto ofrecía
dificultad respecte de no donar lloch la vila y clero á
que es fassen trellats per la autoritat de la festa. Después
de esta carta hay en el manuscrito un prólogo del autor
excitando á los piadosos lectores á la contemplación
de la muerte de Nuestra Señora; se incluyen á seguida
los dos actos del drama litúrgico, y continúa el
cuaderno con un breve relato sobre la fundación y antigüedad
de Elche, origen de la fiesta de la Asunción y otras noticias
sacadas del archivo de la villa, y que ofrecen poco interés.
Refiere luego las fiestas celebradas aquel año, fuegos
y salvas, procesión y otros festejos. Comparada esta Consueta
con la de 1639 ofrece pocas variantes. Comienza el primer acto
cantando la Virgen María la siguiente copla: «Germanes
mies, yo voldria fer certa petició aquest dia. Preg
vos nom vullau deixar puix tant me mostrau amar.»
Contestan las Marías: «Verge y Mare de Déu,
on vos voldreu anar vos irem á acompanyar.»
Después de estas coplas, que no están en la Consueta
de 1639, sigue la letra como en ésta, con una variante
en la estrofa que canta la Virgen al venerar el sepulcro de Jesús.
El texto de 1639 dice así: «Puix en tu estigué
y reposà aquell qui cel y mon creá.»
El de 1625 decía: «Puix en tu volgué reposar
aquell qui lo mon volgué salvar.» En el
segundo acto se suprimió, al hacer la copia de 1639, una
contestación de las Marías á los Apóstoles,
que dice así: «Vosaltres siau ben venguts parents
y amichs de grans virtuts. Promptes som pera anar á
la Verge á soterrar.» Esta supresión y
la de la estrofa citada anteriormente, que cantan también
las Marías, tendría por objeto facilitar la representación
del drama reduciendo el número de actores cantantes. Hay
otra variante en la última estrofa del libreto, la que
canta la Santísima Trinidad al coronar á la Virgen.
En la Consueta de 1625 se transcribe de este modo: «Vos
siau ben arrivada á regnar eternalment on tantost
de continent per no seréu coronada»; y
después se añade: «Esmenant esta lletra
de la coronatió lo licenciado Comes, mestre del Real palatio,
es canta: «Veniu, Mare excelent, puix que virtut
os abona; ab esta imperial corona reinaréu
eternalment.» Es interesante esta mención del
insigne compositor Comes. Pero sin duda no prevaleció su
enmienda, porque en la Consueta de 1639, se consigna la estrofa
en su primera forma. Me he extendido algo en esta nota, porque
nadie había dado á conocer la versión del
drama de Elche consignada en el manuscrito á que me refiero.
52 La famosa Leyenda de oro, del dominico genovés
Jacobo de Vorágine, es el primitivo original de estas historias
de la Asunción de Nuestra Señora.
53 En un cuaderno donde se anotaban tributos pagados á
la señoría de Prades y Montral (provincia de Tarragona)
encontró el presbítero don Juan Vié este
drama litúrgico, que denomina equivocadamente auto sacramental,
y lo dió á conocer en la Revista de la Asociación
artístico-arqueológica barcelonesa, 1878. Este drama
es mucho más extenso y complicado que el de Elche. En él
aparecen el paraíso celestial, el infierno, la casa de
la Virgen, la aljama de los judíos; los personajes son
más numerosos y la acción mucho más movida.
Por todo ello, parece que el drama primitivo de Elche debe
ser más antiguo. Estas representaciones de la Asunciónm
se extendieron mucho en la Edad Media. Consérvanse numerosos
datos de ellas en Francia y en Italia.
54 Es un cuaderno de pergamino de 28 páginas, en
octavo, bien escrito con letras iniciales floreadas. Lo adquirió
recientemente, sin conocer su procedencia, don Salvador Sastre,
bibliófilo.
55 Nótase esta influencia en algunas palabras como
paire y maire, y sobre todo, en la conjugación de los verbos:
siats per siau, ojats per oixcau, romandrets per romandreu, etc.
En la versificación hay también diferencia respecto
al texto actual del drama. Las estrofas que canta la Virgen son
de seis versos endecasílabos, variando la colocación
de las consonantes; solamente las primeras son de siete versos
de nueve sílabas y monorrímicas. He aquí
ejemplos de ambas estrofas: «Gracies faç á
vos lo meu fill car, puix yo veg quem volets apellar e
guart aquets sants quem venen far honors ab molts bells
chants e ab fort grans lausors els veg á tots altament
resplandir mostrant vers mi quem venen á servir.»
«Molt honrat sepulcre sagrat aprés mon fill fon despenjat
en draps de li fon envolcat puix de voler de Ponç
Pilat per Joseph en tu fon soterrat é prech
mon fill ab humilitat que de mi li prenga pietat.»
56 La casa de la Virgen estaba representada en el cadafal,
y tenía puerta practicable y aldaba (anella) para llamar.
57 La tramoya para la Asunción se explica de este
modo: «E acabat lo Jesus (de cantar la estrofa en que
invita á la Virgen á subir al cielo) los angels
prenguen la María humilment e muntenla dalt (de un monumento
ó catafalco que representaba el lecho fúnebre) ab
lo Jesus. E tantost, los angels e apostols e tots los altres metensse
tots apinyats en torn del Jesus é de la Maria, e facen
trons e fums, é entrensen secretament lo Jesús é
la Maria, e soptosament hixqua la araceli.» En seguida
comienza á subir el Ara-Cli con la imagen de la Virgen
mientras cantan los Apóstoles y los ángeles. No
aparece la Santísima Trinidad, ni hay coronación.
El códice termina del siguiente modo: «E quant
lo cel será tancat, los apostols metense en processó,
tota la altra companya seguent. Comencen lo Te-deum laudamus é
axí cantant ordinatim vajensen al capitol per despularse,
é aquí almorcen si han de que.» Este último
rasgo humorístico nos da á entender que el drama
se representaba entonces por la mañana, y no por la tarde
como ahora. En cuanto á la música con que se cantaba
esta obra dramática, no estaba compuesta para ella. en
diferentes pasajes se indica la que debía aplicarse á
cada estrofa ó copla, de canciones que entonces debían
ser muy conocidas, y cuyas primeras palabras se copian, como,
por ejemplo: Ab cant d'aussells; Així com dos infants
petits; Pus amor vol quen sia pacient.
58 Consueta ó Director pera la gran funció
de Vespra y Dia de la Mare de Deu de l'Assumpció, Patrona
de Elis, pera als Mestres de Capella, por el licenciado Joseph
Lozano y Ruiz, presbítero, 1709.
59 El maestro Pedrell ha hecho investigaciones sobre estos
tres compositores que figuran en la Consueta con los nombres del
conónigo Pérez, Rivera y Luis Vich. El primero es
indudablemente Juan Ginés Pérez, nacido en Orihuela
en 1548, nombrado maestro de capilla de la catedral de Valencia
en 1581, y en 1595 canónigo de la catedral de su ciudad
natal, cargó que desempeñó hasta 1601. No
es tan fácil averiguar quién fué Rivera,
porque hay memoria de tres compositores de este apellido en aquella
época. Pedrell se inclina á pensar que sería
Antonio de Rivera, cantor de la capilla pontificia de Roma, de
1513 á 1523. El tercer compositor Luis Vich es completamente
desconocido.
60 El maestro Pedrell, que presenció la Festa de
Elche en 1900, dice lo siguiente: «La representación
anual de este curiosísimo drama lírico-litúrgico
tal como se ejecuta hoy día, de una manera rutinaria, no
está tan desfigurada por la incuria de los tiempos, como
yo temía. Hay en ella, sin embargo, detalles chocantes.
Produce extraño efecto ver al director llevando el compás
con un rollo de papeles, el maestro de música dar el tono
con un instrumento á los personajes del drama, y á
estos llevando la solfa en la mano para cantar algunas estrofas
muy sencillas, que en Elche saben todos de memoria. Es ridículo
que el maestro de capilla y su adlétere anden entre los
Apóstoles, y con un exceso de celo inoportuno se coloquen
á la cabecera del lecho de la Virgen María para
darle el tono y la entrada, abanicándola mientras tanto.
Más me ofendió aún la Marcha real ejecutada
por una banda militar y el órgano, cuando la fiesta termina
con el apoteosis y coronación de la Virgen. La Marcha real
es buena para los monarcas de la tierra y puede aceptarse en la
iglesia en los actos consagrados por la costumbre, pero disuena
en esta hermosa obra, tan característica de los tiempos
pasados. Este drama podría recobrar fácilmente su
primitiva pureza hierática. Si, representado de una manera
descuidada, produce profunda impresión artística,
¿cuál no sería esta impresión corrigiendo
algunas impropiedades y aberraciones? Resultaría entonces
una fiesta única en su género, y atraería
á Elche espectadores de España y del extranjero.»
61 Don Bernardino de Cárdenas, duque de Maqueda
y marqués de Elche, construyó en 1557 el palacio
señorial, conservando la antigua torre, que aún
se llama Torre del Duque.
62 En 1589 se acordó la construcción de
este pantano, á imitación del que se había
construído en Almansa: pero los preparativos fueron tan
largos que no comenzó la obra hasta 1632. Aquel primer
pantano fué destruído por una fuerte avenida en
1793. El nuevo data de 1842.
63 Voyage pittoresque et historique de l'Espagne, París,
1811; tomo primero, parte II.
64 El dibujo de la página anterior copia exactamente
esta hermosísima y fenomenal palmera, que está en
el huerto de don José Castaño y Sánchez,
presbítero, llamado por esta razón Hort del Capellà.